VIII - AQUÍ SIEMPRE
La consola se apagó. El mensaje había terminado. Eramis sabía que no habría más.
"Ven a casa, Eramis".
Eramis cerró los ojos. Las palabras se instalaron en los pensamientos de la kell. Eran pesadas. Afiladas. Sintió que la hacían sangrar. Había suplicado la muerte en el momento en que las cuchillas de Misraaks estaban en su garganta, y su misericordia era una herida más profunda que cualquier otra, ahora reabierta por la bondad de una niña.
Eramis recordó su hogar.
Su hogar estaba en Riis, devastado por la Gran Máquina.
Su hogar estaba junto a Athrys, su pareja, que dormía en una nave que hacía tiempo que había salido de este sistema.
Su hogar estaba junto a sus crías, al lado de su pareja.
Eramis recordaba haberlas visto crecer y mudar. Cómo habían gorjeado de alegría y la habían mirado con esos ojos grandes y luminosos.
Daría su Casa por volver a ver esos ojos, pero el brillo que había visto en los ojos de Eido escondía un terror amplio y cegador. No solo provocado por la colmena. También por ella.
"Ven a casa, Eramis".
Eramis vivía… Vivía y sabía lo que los elixni habían perdido.
El sueño de un nuevo Riis era delicado y hermoso. Eramis lo había albergado en sus manos, cerca de su pecho, durante mucho tiempo. Ahora sabía que lo había asfixiado. En toda su violencia, en toda la muerte que la perseguía, había cerrado las manos para formar puños.
El sueño de un nuevo Riis habría muerto con Eido si la hubieran dejado en manos de la colmena y su pútrida Luz. Pero Eido no conocía Riis, y su padre tampoco. Podían superar esa pérdida.
"Ven a casa, Eramis".
Eramis sabía que nunca vería otra cosa que no fuera terror en los ojos de los demás.
Eramis sabía que los elixni encontrarían un nuevo hogar con Eido.
Eramis sabía que no habría lugar para ella en él.