VII - SALVACIÓN
La tabla de datos golpeó las baldosas del suelo con un fuerte crujido tras resbalarse de las temblorosas manos de Eido. Se puso en pie de un salto y se lanzó a recogerla, inspeccionando de forma apresurada los daños. Sus hombros se hundieron ligeramente cuando sus ojos se posaron en la delgada fisura de la parte frontal.
Eido tomó aire, con el éter silbando a través de su respirador. No sirvió para calmarla.
Se encontraba en una de las salas semiderruidas del distrito elixni. La privacidad era un lujo en ese lugar y Eido la aprovechaba cuando podía. En ese momento, mientras miraba la tabla de datos, estaba aún más agradecida por la tranquilidad.
Eramis había escuchado a Eido grabando las bitácoras de escriba. ¿Qué más había interceptado Eramis? ¿Todas las comunicaciones de la Casa de la Luz? ¿Las peticiones de suministros a la Ciudad, las transacciones para El Tanque de Éter, las instrucciones de su padre a su gente?
Eido sabía que no era posible, o no debería serlo. Pero sus bitácoras de escriba no estaban cifradas. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo ingenua que había sido.
Volvió a tomar aire. Eido ya había recurrido a Eramis antes, pidiendo la unidad de los elixni, y no creía que fuera a recibir una respuesta. Pero ahora sabía que Eramis había escuchado. La kell había tendido la mano a su vez. Cuando Eramis interrumpió su bitácora de escriba, había dolor en su voz. Un dolor que Eido nunca había conocido, un dolor que comprendió que su padre había tratado de ocultarle.
"Eido", dijo Misraaks desde el umbral de la puerta. Su voz era suave, pero, aun así, Eido se estremeció cuando interrumpió sus pensamientos. De alguna manera, era peor cuando hablaba con delicadeza. La chica le dio la vuelta a la tabla de datos, como si quisiera ocultar lo que acababa de ocurrir.
"¿Sí, Kelmisraaks?", respondió con una voz entrecortada. Inclinó la cabeza. Eido se quedó mirando la silueta de su padre recortada sobre el edificio en ruinas.
El silencio reinó entre ellos demasiado tiempo.
"Ha vuelto el guardián", respondió, apartando la mirada. "Tenemos otra reliquia".
Incluso en ese momento, había muchas cosas que no quería decirle.
"Una reliquia de Nezarec", terminó Eido tajantemente por él. Lo sabía desde el principio. Lo sabía y mintió, mientras que Eramis no se había apartado de la verdad.
Misraaks no dijo nada. Eido se sentía insultada, herida…, y en el fondo sabía que su padre no se disculparía por nada de eso.
"La estudiaré una vez que haya terminado con mi bitácora de escriba", dijo Eido. Se dio media vuelta y, pronto, los pasos de su padre se desvanecieron.
Volvió a mirar la tabla de datos como si Eramis fuera a hablarle de nuevo, ahora que Misraaks se había ido. No había nada. Eido suspiró. Todavía estaba hecha un lío.
Eramis había dicho que no podía renunciar a la violencia ni a la venganza. Eido no lo creyó, no podía creerlo. Esta violencia no era el espíritu de la kell. Eido tenía que encontrar la parte de Eramis que no se enfurecía con el pasado. Eido tenía que mostrarle a la kell de la Oscuridad un futuro.
En silencio y a solas, la escriba de la Casa de la Luz comenzó a reunir las coordenadas del siguiente escondite.