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VIII. DESHACERSE

Savek suplica ante el obelisco que se cierne sobre ella, perfilándose en el cielo púrpura. Su superficie de metal negro se retuerce como un gusano. Susurra sobre la victoria y la trascendencia. <> El pulso del éter fluye por su cuerpo postrado. Siente un picor en los muñones de sus brazos que desean volver a crecer. El dulce y enfermizo éter gotea de su cuerpo y se mezcla con el de sus compañeros de tripulación. <> Las garras de Savek escarban convulsivamente la tierra y su cuerpo se quiebra. Su piel se rasga y sus vísceras se expanden más allá de sus confines. Al espeso resplandor del éter se le une otra fuerza más voraz. El plasma sale a borbotones del tejido conectivo, su cuerpo se hincha, muda y vuelve a crecer en una erupción de quitina. <> <> Allí, arrodillada ante su nueva diosa, la mente de Savek está deshecha y recreada en un movimiento continuo. Ella observa cómo sus recuerdos se deconstruyen en imágenes inconexas. Observa su identidad diseccionada en motivos desconocidos. Se ve a sí misma transformarse en objeto. <> <> Levanta la cabeza por primera vez y encuentra la torre igualmente transformada. La espira negra se abre como un canal de parto del que emerge un nuevo reino. La brecha atrae a la criatura hacia la enorme sala de una catedral coronada con soles de malaquita. Aquí, los susurros lo consumen todo. <> <> <>