VII. LA ESPADA
El queche que había pertenecido a la Casa de los Reyes estaba de lado, totalmente despojado de todo menos de las vigas de la superestructura. Del centro de la nave salía medio kilómetro de cable de alta tensión que iba hasta el campamento del equipo de rescate. Desde el acantilado que tenían encima, el queche parecía una gran bestia destripada.
Kosis se preguntaba, mientras sorbía en un tanque de éter, si su gente se había convertido en eso: aves carroñeras alrededor de los cadáveres de su sociedad. Se preguntó cuántas generaciones iban a tardar los elixni en olvidar por completo toda su historia. ¿Un elixni que naciera hoy aprendería a tocar el instrumento que había enterrado en el mirador?
¿Sus hijas estarían orgullosas de cómo había elegido sobrevivir? Se preguntaba dónde estarían esparcidos sus huesos. Se preguntaba si habían sufrido cuando la Casa de los Reyes cayó.
El sonido de unos pasos sacó a Kosis de sus reflexiones. Se colocó el frasco de éter en el cinturón y se levantó para recibir a quien viniera. Era Savek, venía sola. "Tu turno no ha terminado", le recordó Kosis a la escoria.
Savek se abalanzó contra ella con una espada que pertenecía a Kosis y que había robado de su tienda. Ella contuvo un grito que habría sido una exclamación de sorpresa, pero la escoria le clavó la espada en la garganta. Empezó a emanar éter de la herida y se mezcló con la sangre.
La hoja trituró su columna vertebral mientras se deslizaba, impotente, y caía al suelo. Se le oscureció la visión y dejó de sentir sus extremidades. Savek soltó un grito primitivo e ininteligible.
Los últimos pensamientos de la vándalo fueron sobre el kell de los kells.
Y, luego, nada.