Capítulo 3: Sin Torre
No paro de pensar en el Nómada en aquel sótano de la Cripta de la Piedra Profunda. Me pregunto cuándo llegará mi hora. ¿Habría acabado muerta, sola y cubierta de óxido si Ana no me hubiera encontrado?
La Última Ciudad está peor de lo que recordaba. Numerosos edificios arrasados y desprovistos de su vitalidad conforman el paisaje de lo que una vez fue la última esperanza de la humanidad. Los comercios, los niños, el ajetreo… todo ha desaparecido. Es difícil pensar en ese día, el día del Bombardeo. Nos atacaron por todas partes. Eramis, los cabal, Savathûn… todos a la vez. Nunca nos recuperamos de aquello. Cuando los guardianes oscuros se volvieron en contra de Eramis y de los cabal, los pocos que sobrevivieron se marcharon al exilio.
Rasputín dice algo en ruso que yo no entiendo y Ana se ríe. Me pregunto si esto es lo que se siente al estar de nuevo entre amigos. Miro al cielo y extraño la presencia de la Torre.
"Tenías buena relación con la Vanguardia, ¿no?", pregunto.
"No sé si buena, era una relación profesional. Confiaban en mí".
"Debe de haber sido agradable, como tener una familia".
"Si Zavala te oyera…", se distrae. Su expresión se torna pensativa. "¿Cómo era nuestra familia antes de todo esto?".
"¿No lo has averiguado con tus investigaciones, Ana?".
"Estuviste con ellos. Conmigo. Sabes cómo eran realmente".
"No lo sé. Éramos una familia".
"¿Puedes esforzarte un poco más? ¿Por mí? Sabes bien que no recuerdo nada. Tú pasaste mucho tiempo con ellos. Seguro que puedes contarme algo. Lo que sea. ¿Cómo olía el pelo de mamá? ¿Cuál era la canción favorita de papá?".
"No lo recuerdo todo. Clovis se encargó de que no pudiera hacerlo".
"Cuéntame lo que recuerdas", suplica.
"No quiero hablar de eso".
"¡No tienes derecho a ocultármelo! ¡También es mi vida!".
"Déjalo ya, Ana".
Detrás, oímos el chasquido de un fusil.
Ana me mira y acerca la mano a su arma. "No queremos problemas".
Se me congela la mano con estasis y el puño de Rasputín se tensa.
"Habéis venido al lugar equivocado", dice el hombre.
Ana sacude la cabeza y lo mira fijamente. "¿Zavala?".
Me giro para mirar. Ante nosotras tenemos al que una vez fue el orgulloso comandante de la Vanguardia, ahora desaliñado y harapiento. Su fantasmagórica barba blanca es tan densa como una puerta de acero. A juzgar por su aspecto, la más mínima brisa lo haría caer de su muleta y de la única pierna que le queda. Debe de haber perdido a su Espectro. Es triste ver el deterioro de un cuerpo que ha perdido su Luz.
"¡Comandante! ¡Estás vivo!", exclama Ana.
Él no baja su fusil.
"Soy, yo. Ana", dice con voz preocupada.
Su expresión no cambia.
"Tenemos un plan para eliminar a Savathûn. Tenemos que hablar con Ikora Rey. ¿Está aquí?", pregunto.
Hace una mueca. "Sí, está aquí". Con su fusil, señala los escombros de la Torre. "Enterrada ahí".