La Última Ciudad
Había recuerdos que Amanda sabía que debía conservar. La muerte de su madre era uno de ellos, y la de su padre, otro. Pero la imagen de La Carabina seguía igual de viva, incluso ahora que ya no recordaba tan bien sus voces.
Amanda recordó los últimos disparos del arma de su madre, los de la noche de su muerte. También el terror y el vacío que sintió. Tras llegar a la Última Ciudad, ese sonido siguió con ella durante los primeros años. Hacía que se despertara sobresaltada. Se metía en sus pensamientos. Hacía que se sintiera completamente sola incluso cuando sabía que no lo estaba.
Con el tiempo, cuando por fin se sintió segura entre los muros de la Ciudad, el recuerdo de ese sonido volvió a reconfortarla como lo hacía antes, en lugar de aterrarla. La había mantenido a salvo a ella, pero también a muchos otros. Igual que la Ciudad lo hacía ahora.
El arma estaba enterrada en la tumba de su madre. La única persona que la había disparado, aparte de ella, yacía también en su propia sepultura a medio día caminando hacia el norte de la Ciudad. La enfermedad se lo había llevado. No podía traerlos de vuelta como el Viajero habría podido hacerlo. No podía volver a reunir a su familia, pero había algo que sí podía recuperar en cierto modo.
"Tengo un encargo", dijo, y expuso todo lo que recordaba sobre el arma de su madre. La armera de Tex Mecánica cogió sus planos con una sonrisa. Dos semanas más tarde, esta dio paso a un gesto de confusión y, cuatro después, terminó convirtiéndose en irritación. Amanda inspeccionaba cada pieza mientras las fabricaban y las comparaba con lo que recordaba.
"Así no", dijo ella. Y la armera remodeló la recámara.
"Casi", dijo ella. Y la armera modificó el cañón.
"No es así", dijo ella señalando los diseños curvos que debían rematar la creación del arma. En ese momento, la armera, frustrada, dejó caer los cinceles sobre la superficie de trabajo.
"He hecho todo lo que me has pedido", dijo mientras se apartaba de la mesa indignada. "¿Y ahora qué?".
"Esto es lo único que nos falta", dijo Amanda.
"Entonces, hazlo tú", le dijo la armera. "No me voy a pasar el resto de la vida con esta arma. Vamos, que ni siquiera pienso pasar el resto del día con ella. Hazlo tú".
Y lo hizo.
No eran las herramientas de su madre, ni tampoco su arma. Amanda tenía que recordárselo a sí misma cada vez que golpeaba el cañón con el cincel de wolframio. La pila de chatarra, con los metales rayados, marcados y descartados, le servía para saber que estaba mejorando cada día. Sus manos se volvían un poco más firmes y su memoria más aguda. Poco a poco, consiguió revivir la noche en el establo con el cincel… y reprodujo la belleza de aquella arma.
Y un día, Amanda la apoyó contra su cadera, sujetó el cañón y se inclinó hacia delante. Había visto a su madre usarla tantas veces que era capaz de imitar su postura y sus movimientos incluso sin haberla disparado nunca. La sujetó con más fuerza y apretó el gatillo.
Fue un disparo limpio. El sonido era más suave, más agudo. Pero su retroceso pegaba fuerte, y brillaba. Su vida era mejor de lo que fue la de su madre. Nora se aseguró de que así fuera. Esta Carabina también tendría una vida mejor que la de su predecesora.
Mantendría a la gente a salvo.
Eso era lo único que importaba.