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El barranco

Viajaban con un grupo. Eran refugiados que se habían reunido en el extremo norte del Barranco de Panamá. Era más seguro cruzar juntos. Compartían historias e intercambiaban suministros. Todos habían oído hablar de la Última Ciudad. Algunos la buscaban y otros no. El cruce era peligroso, pero habían superado los caminos en zigzag y los acantilados empinados hasta llegar al extremo sur para acampar. Amanda ayudó a una anciana a arreglar su carrito destartalado. Se había roto a medio camino subiendo el barranco y unos extraños se ofrecieron a llevárselo. Las hábiles manos de Amanda estaban llenas de grasa negra. Se las limpió en la camisa dejando una mancha que su madre sabía que no saldría nunca. Nora suspiró y se dio la vuelta para seguir limpiando su arma. "¿Cuánto tiempo?", le preguntó uno de los refugiados. Nora sabía a lo que se refería. "Veintiséis años", dijo sin levantar la mirada de lo que hacía. Dio un silbido, sorprendido. El sonido le rechinó en los oídos a Nora. "¿Y con una hija a cuestas la mitad de ese tiempo? Estás loca". "¿Crees que no hay nada mejor ahí fuera? ¿Que esto es todo?", le preguntó Nora. Él hizo una mueca burlona. "Vas a desperdiciar toda tu vida", dijo el desconocido con indignación. "Yo no pienso hacer lo mismo. No voy a perseguir algo que no existe". "No estarás a salvo en ningún sitio, excepto allí", dijo Nora. Se dio la vuelta para mirarlo. Era un hombre flacucho con el pelo lacio y cicatrices en la mejilla. No iba a perder el tiempo con su escepticismo. Él se rio de ella, pero era una risa nerviosa. "La seguridad tampoco existe", dijo él. "Lo aprendí de los caídos". *** "¡Mamá!", gritó Amanda mientras sacudía a su madre para despertarla. Su padre ya estaba cargando la pistola voltaica. Se oían gritos fuertes fuera de su tienda. Nora se levantó de inmediato y colocó a Amanda detrás de ella mientras miraba a su marido. Lo siguiente que hizo fue coger La Carabina y cargarla instintivamente mientras salía con Bram. Amanda se quedó observando desde una abertura de la tienda. Caídos. La Casa del Invierno. La energía de arco de sus lanzas iluminaba la noche. "Corre", le susurró Nora a su hija. Tenía la voz temblorosa. "Escóndete". Dos palabras que Amanda sabía obedecer instintivamente. Salió de la tienda y dejó atrás a sus padres. Amanda sabía que protegerían a los demás. Corrió y encontró un lugar para esconderse. Podía oír el combate. Oyó también los disparos familiares de La Carabina, altos y claros, y el chillido de un capitán caído. Pero, entonces, los disparos de su madre se perdieron entre el sonido de la lucha hasta que Amanda dejó de oírlos. Poco a poco, el ruido se fue calmando. Amanda salió de su escondite y llamó a sus padres. A estas alturas, ya conocía el olor de la muerte reciente. Y supo mantener la mente y el corazón fríos mientras veía a la gente con la que había cruzado tirada en el suelo. La anciana a la que había ayudado unos días antes estaba en el suelo, sin vida y con las manos aferradas a la tierra. Amanda los llamó y los buscó. Al final encontró a su padre, que la levantó y la abrazó contra su pecho. Cerró los ojos con la mejilla sobre el hombro de su padre mientras él llamaba a su madre. Nora no respondía. *** "¿Por qué lo han hecho?", preguntó Amanda. Bram agarró la mano de su hija con más fuerza. "No lo sé", le respondió. El grupo con el que viajaban contó y enterró a los muertos. Amanda no recordaba mucho de los días que siguieron, pero, años más tarde, todavía guardaba en su memoria lo extraña que parecía La Carabina en las manos de su padre el día del funeral. Sabía que solo la había disparado unas pocas veces y que su madre le tomaba el pelo por no haberla vuelto a usar. Ahora, Amanda tiraba del brazo de su padre. "No podemos llevárnosla", dijo ella. Bram la miró con incredulidad. "Tenemos que hacerlo", dijo él. "Es de ella". "Podríamos necesitarla". "También mamá", respondió con solemnidad. Bram le dejó que cogiera la escopeta. Después, Amanda se arrodilló sobre la tierra suelta, se estiró para alcanzar el brazo frío de su madre y lo levantó para colocar el arma entre su antebrazo y su hombro. Su padre observó cómo lo hacía con una silenciosa determinación en el rostro. Cuando terminó, Bram levantó una pala de tierra y la esparció sobre su mujer. Amanda quería ayudar. Ella también quería enterrar a su madre. Cogió dos puñados de tierra y los echó encima del cuerpo de Nora. "Adiós", susurró Bram. "Adiós", repitió Amanda. Cuando Nora tenía diez años, sus posesiones se reducían a La Carabina y a una historia sobre la Última Ciudad. Dejó a su madre asustada en un búnker en el desierto y caminó durante años persiguiendo rumores y susurros. Cuando a Amanda le faltaban dos meses para cumplir los doce, su padre y ella cubrieron a Nora y su arma con un manto de tierra y siguieron caminando.