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VIII. Puñales dorados

Dicen que en la avenida principal del distrito Centro siempre hay bullicio. En tiempos de celebración, se convierte en un desfile destinado a exaltar las virtudes de los guardianes y a mostrar a los habitantes de la Ciudad los rostros de sus lejanos defensores. Nunca había estado vacía, no desde la Guerra Roja. El Ejecutor Hideo, de la Nueva Monarquía, y Lakshmi-2, de la Secta Guerra Futura, pasaron por delante de unos puestos decorados con luces de neón que parpadeaban a su paso. Pero no había vendedores ni propietarios. Hideo echó una mirada furtiva a los cuatro guardias de seguridad de la Secta Guerra Futura que los seguían a una distancia prudencial. "¿Recuerdas la última vez que vimos esta avenida tan vacía?", preguntó Hideo. "Sí", dijo Lakshmi apesadumbrada. "Entonces, también me tomaron por loca". No se esforzó en ocultar el desdén de su voz. "No dejamos de cometer los mismos errores, Hideo. Andamos en círculos sobre nuestra propia desesperación". Antes de pensar en una respuesta, Hideo vio la razón por la que habían salido a dar aquel paseo por la Noche Interminable: un imponente titán cubierto de cromo y ataviado con telas color lavanda descansaba encorvado en el centro de una plaza abandonada. San-14 miraba a unas palomas que correteaban a sus pies y les arrojaba una mezcla de semillas que había preparado él mismo, mientras se dirigía a ellas imitando reclamos de ave. "Habéis elegido una noche pésima para salir a pasear", comentó al ver a Hideo y Lakshmi. "¿Necesitáis que os escolte de vuelta a la Torre?". Hideo negó con la cabeza. "No, San. Hemos ido a buscarte al hangar, pero Holliday dijo que habías venido aquí a…", miró a las palomas, "… a pensar". "Los pájaros son seres muy simples. Son buenos conversadores. Y respetan mi espacio para pensar", dijo San con una sonrisa. "¿Qué necesitáis?". "Últimamente, el Consenso no ve con buenos ojos algunas de las decisiones de la Vanguardia relacionadas con la seguridad de la Ciudad. Queremos incluirte en este debate", explicó Lakshmi. "¿Y a Arac Jalaal no?", preguntó San, con una astucia que sorprendió a los otros dos. "No", se apresuró a confirmar Hideo. Lakshmi sorteó la respuesta de Hideo como el agua sortea las piedras. "Queremos asegurarnos de que los intereses de la Ciudad sean la principal prioridad de la Vanguardia". San fijó el visor de su yelmo en Lakshmi. "Los elixni", era una afirmación, no una pregunta. "La Vanguardia es una fuerza militar y el Consenso no duda de su compromiso por defender la Ciudad más allá de sus fronteras". Lakshmi eligió sus palabras con sumo cuidado. "Pero no creemos que un grupo militar sea el gobierno adecuado para la Ciudad, en el interior de sus murallas". San se enderezó, como si se enfrentara a un desafío, y desvió la mirada entre Hideo y Lakshmi. Su estoicismo le provocó un nudo en el estómago a Hideo. "Queremos proponer una reestructuración del liderazgo de la Ciudad para que la Vanguardia solo se encargue de lo que ocurra fuera de las murallas". Hideo señaló hacia las montañas. "Y tener otro líder aquí, en la Ciudad". Señaló a San. "Es mal plan", dijo San sin esforzarse por ocultar sus reservas. "Sin duda, entiendes que las decisiones estratégicas de la batalla no siempre tienen sentido en el ámbito civil", añadió Hideo. "Además, la Vanguardia tiene demasiadas responsabilidades. No pueden ofrecer el liderazgo que se espera de ellos". San se resistió. "¿Y por qué venís a mí? Yo no soy político". "Pero eres un líder", respondió Lakshmi llevándose una mano al pecho. "Eres un héroe, un símbolo para la gente". San inhaló profundamente y permaneció en silencio. "Quizá no te parezca lo mejor, por tu relación personal con el comandante Zavala y con Ikora. Los cambios pueden ser desagradables, pero sé que no eres de los que ignoran su sentido del deber". San bajó la mirada hacia las palomas y las semillas. "Tengo que hablar con Osiris", respondió. Hideo y Lakshmi intercambiaron una mirada y asintieron. "Dale recuerdos a tu pareja". "Lo haré", dijo San con brusquedad mientras arrojaba al suelo las últimas semillas que le quedaban antes de irse de la plaza. Hideo y Lakshmi esperaron bajo la atenta mirada del Viajero hasta que San se fue. "Si se lo cuenta a Zavala o a Ikora…", murmuró Hideo con los dientes apretados. "Osiris no permitirá que cometa semejante estupidez", dijo Lakshmi, cuya voz ya no sonaba serena como antes. "Y si comete la imprudencia de rechazar nuestra oferta como hizo Saladino…". Hideo volvió a sentir un nudo en la boca del estómago.