VII. Maduración
Camino por la Ciudad con las piernas rotas. Llamo la atención, pero las personas de este lugar me lo consienten casi todo.
Hice bien en elegir esta forma.
Me tambaleo y me agarro a un muro de piedra. Siento que el momento ha llegado antes de lo previsto, pero todavía debo decidir cuál será el próximo paso. Alzo la vista hacia el falso anochecer que he instaurado, pero aún no está terminado.
Tengo miedo, pero me emociona hacer algo nuevo y desconocido después de tanto tiempo. Cierro los ojos con fuerza para que no se me salgan de las órbitas.
La sensación desaparece. Abro los ojos y busco algún rostro conocido entre los que me rodean. No era mi intención. Mis entrañas se retuercen de asco.
Cuando ellos me buscaron, respondí con cinismo y ellos me mostraron su vulnerabilidad, con su estúpida y desnuda inocencia. Me llené de emoción. Mis dedos escarbaron sus mentes. Los sometí a mi voluntad sin usar más que palabras, y no opusieron resistencia alguna. Su ingenuidad es indescriptible, y yo la he explotado hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas negras.
Ahora los busco con la misma frecuencia con la que ellos me buscan a mí y, cuando responden, me inunda la gratitud.
Hablo con ellos. Deseo su compañía, su acompañamiento.
No es pena, pues conozco bien la pena. ¿Qué es esta…?
Caigo de rodillas, retiro la máscara de mi boca y vomito. El fluido negro se convierte en vapor y desaparece.
Aprieto la enorme masa negra que amenaza con aflorar desde el interior de este caparazón de carne. Mis nuevos brazos son demasiado débiles y delgados. Mi nuevo caparazón todavía se ve limitado por una membrana espesa de moco. Todavía no, me digo.
Un instante de negrura y entonces…
Un hombre posa sus manos sobre mí, sobre mis hombros, sobre mi espalda. Me pregunta si me siento bien y se fija en mis ojos planos, en mis dientes negros de maduración y se dispone a gritar.
Le dejo quedarse con su mente. Empujo un aliento a través de mi boca ruinosa y pronuncio una sencilla mentira.
Él se detiene, sonríe, ríe a carcajadas. Menea la cabeza. Me apunta con un dedo, como regañándome en broma, y se va.
Me trago el bocado grasiento de su ignorancia y eso me da fuerzas para volver a ponerme en pie, taparme la cara y reanudar mi camino. Siento que esta forma se desmorona bajo su caparazón, solo se aguanta débilmente por las hebras húmedas de unos tendones. Y, desde las profundidades, agitado por los últimos restos del engaño, oigo el gruñido aceitoso del gusano.
Incluso aquí, bañado en abundante y copioso engaño, el gusano grita hambriento. Se ha vuelto grotesco, de piel tirante, sobrealimentado y sigue pidiendo más. Me ordena que lo mantenga con vida.
Alzo la vista más allá de la titilante red de oscuridad y veo lo que descansa en los cielos, esperándome.
El gusano brama.