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I. Aceptación

"¡Nadie está mejor preparado para esto que yo!". La voz de Cuervo resonó por la estancia e hizo que la oficina del comandante de la Vanguardia pareciera todavía más cavernosa. Por la noche, los rincones de la oficina de Zavala solían estar sumidos en la penumbra, pero el miasma de la energía vex que se arremolinaba por la Ciudad proyectaba una oscuridad absoluta. Cuervo suspiró y se puso a andar de un lado a otro, como un animal enjaulado. Zavala se acercó a la ventana y se quedó pensativo, como una estatua de larimar, cincelado como símbolo de la paciencia infinita. Miró a Ikora, que tenía las manos entrelazadas y observaba a Cuervo con una contemplación inquieta. "Lo sabemos", dijo Ikora tras una larga pausa, "pero tu experiencia y tu relación con los elixni no son lo único que debemos tener en cuenta". "¿Cuánto tiempo más vais a someterme al juicio interminable de la opinión pública?", preguntó Cuervo enfadado. "¿Y cuándo pensáis explicarme de qué se me acusa en este juicio?". Zavala observó la imagen del insomne reflejada en la ventana. Se acordó de su casi mortal paseo por los jardines, no mucho tiempo antes, y hundió los hombros. "Cuervo", dijo Zavala girándose para mirarlo. "Es una situación delicada. Al Consenso no le ha hecho ninguna gracia que hayamos refugiado a los elixni en la Ciudad, no puedo permitir que te usen como una excusa más para desacreditarnos". "Así que de eso se trata: de una maniobra política", replicó Cuervo. "Lo hacéis para protegeros. ¿Y no es nada personal? ¿No hay nada detrás de las miradas que me echáis cuando creéis que no me doy cuenta?". Zavala se tensó y Cuervo se dio cuenta de que el rumbo de la conversación había cambiado. "Cuestiones políticas aparte, si tu anterior identidad se hiciera pública antes de tener un plan de contingencia, podría perjudicarte a ti y a los que te rodean", intervino Ikora. "A la gente que se preocupa por ti", añadió. Durante unos minutos, nadie dijo nada y, cuando por fin habló Cuervo, su voz sonó apagada. "Entonces, ¿qué? ¿Sigo escondiéndome de la sombra del hombre que una vez fui? ¿Para siempre?". "Para siempre no", respondió Ikora con firmeza, "solo por ahora". Cuervo miró a Ikora y reconoció el dolor en su mirada. También lo había visto en los ojos de Amanda cuando hablaba de los que habían muerto. Sin decir nada más, asintió y se fue. Ikora cerró los ojos y dejó escapar un suspiro prolongado. "Va a ver a Osiris", advirtió. "Si Osiris es el líder que ha demostrado ser, le dirá lo mismo", dijo Zavala fatigado, hundiéndose en su silla. Por un momento, en el breve silencio que se hizo, Ikora sintió la reciprocidad implícita de su larga amistad. "No sé cuánto tiempo más vamos a poder protegerlo", confesó ella. "Yo tampoco".