II. Fracturas
Zavala miró largo rato la pantalla del terminal hasta que las palabras se mezclaron en un borrón. Bajó la cabeza y se frotó los ojos para aclarar sus ideas. Había informes de campo de los cazadores, un aumento de actividad vex por el sistema, ataques coordinados contra las operaciones de la Vanguardia, extraños disturbios en la Ciudad, por no hablar de los enfrentamientos entre elixni y humanos.
Sonó un zumbido junto Zavala, que sintió el suave peso de su Espectro posándose sobre su hombro. "¿A esto te dedicas?", preguntó Targe. Zavala lo miró de reojo. Targe casi nunca decía nada, pero, cuando lo hacía, siempre era por algo.
"No recuerdo haber pedido tu opinión", dijo Zavala intentando concentrarse de nuevo.
"No recuerdo haberte dado ninguna opinión".
Zavala volvió a mirar a Targe.
"No podéis seguir haciendo el trabajo de tres personas los dos solos", insistió Targe. "Habla de nuevo con Ana".
Zavala se reclinó en la silla. "Targe, es imposible convencer…".
Lo interrumpió el sonido de una notificación en la consola de mando que tenía a su derecha.
"Llamada entrante de la emperatriz Caiatl", dijo Targe desalentado. "Deja que se desvíe a la central".
Zavala se incorporó en su silla. "No", dijo obstinadamente y aceptó la llamada. El sello imperial de Caiatl apareció en la pantalla con un aviso: SOLO AUDIO.
"Emperatriz Caiatl, ¿a qué debo este honor?", preguntó Zavala llevándose una mano cansada a la barbilla. Targe observó la escena durante un breve instante y se desmaterializó.
"Comandante", saludó Caiatl. Su voz llenó la sala como si estuviera allí mismo. "Los sensores de largo alcance de la flota han detectado una creciente anomalía en las afueras de la Última Ciudad".
"¿A qué se debe esta repentina preocupación?".
Caiatl resopló. "No me preocupa, comandante, pero, si la Vanguardia quedara repentinamente aniquilada, me convendría, al menos, estar al corriente".
"Desde luego", dijo Zavala amablemente. "Bueno, pues aquí seguimos".
"Por ahora".
La mordacidad de su tono lo intrigó. "¿Cuál es el verdadero motivo de esta llamada?".
Por unos instantes, no hubo respuesta. Cuando Caiatl volvió a hablar, su tono sonó moderado, como antes, pero sin emoción. "Hemos interceptado la última transmisión de Lakshmi-2 a la Ciudad", dijo. "Eres un orgulloso halcón en un nido de víboras, ¿no?".
"Lakshmi se dedica a la política".
"Las palabras son las armas más peligrosas, comandante", le recordó Caiatl. "Empiezan como convicciones susurradas, pero, luego, son disidencias a voces y, cuando uno menos se lo espera, se despierta con un puñal en el pecho".
"Hablas por experiencia", espetó Zavala.
"Hablo por experiencia", repitió Caiatl con descaro. "Lakshmi está socavando la autoridad de la Vanguardia y desacreditándote ante tu gente. Sus palabras, repetidas con tanta frecuencia y tan alto, empezarán a anidar incluso en la mente de aquellos que no comparten su opinión".
Zavala suspiró y Caiatl sintió el peso de aquel suspiro desde la otra punta del sistema.
"Confío en que honrarás los términos de nuestro armisticio, pero no confío en tus posibles sucesores", advirtió Caiatl.
Zavala se debatió entre la ira y la intriga por unos instantes, y se dio cuenta de que eso no le ayudaba a responder ante la situación. Retrocedió hasta la consola e hizo lo que Cayde habría hecho: improvisar.
"Esta no es la primera vez que mi autoridad se ve amenazada", dijo Zavala alzando la voz. "No te engañes pensando lo contrario. Y no te atrevas a atacarme solo porque sientes remordimientos por el derrocamiento de tu padre".
Por los altavoces, sonó un suave murmullo de agradecimiento. "No siento remordimientos porque Calus fuera mi padre", explicó Caiatl amablemente. "Siento remordimientos por lo que Ghaul le hizo a mi gente. Le abrimos la puerta la colmena, le dimos un puñal a Xivu Arath y, luego, nos sorprendió sentir el roce del cuchillo en la espalda".
"No me gusta ver a un guerrero al que admiro y respeto caer en el mismo error, y ante un adversario más indigno. Pero quizá no te sirva de nada un consejo que no has pedido".
Zavala alzó la mirada hacia el horizonte que se extendía tras la ciudad oscura y cerró los ojos. "¿Y qué consejo es ese?".
Lo que dijo Caiatl en respuesta no lo dijo como emperatriz, sino como amiga: "Umun'arath era mi consejera más leal. La Oscuridad tiene muchas manos, ¿sabrás reconocer su caricia antes de que te agarre del cuello?".