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La cadena eterna y el premio de los otros

Has conseguido la Palabra. Has replicado la enfermedad. Demuestras tu valía una y otra vez. Pero queda otro desafío. No será el último, ni mucho menos. Solo otro capítulo de otra historia que consolidará tu leyenda junto con la de los que te precedieron. Rezyl quería acabar con los horrores. Yor abonó las tierras salvajes con sufrimiento y desesperación, para que floreciera una nueva esperanza. Yo fui esa esperanza. Mi fuego demostró que los susurros se podían silenciar. Para muchos, la leyenda, y la lección, terminan ahí. Se equivocan peligrosamente. La verdadera lección de Yor —y, por extensión, de Rezyl— no fue que la fuerza derrota a la fuerza. Su lección fue mucho más sutil e infinitamente más sublime. La adversidad lleva hacia la evolución. La impone. Y, gracias a esa dura prueba, nos renovamos. Nos hacemos mejores, más fuertes. Más que antes. Los guardianes de hoy en día no son dioses. Ni tampoco los anteriores. No somos más que eslabones en una cadena que abarca desde los albores del tiempo hasta el final de la existencia. Cada eslabón obtiene su fuerza de los demás. Cada eslabón es más fuerte que el anterior. Igual que yo era más "fuerte" que Yor, tú eres más fuerte que yo. Y el conjunto intenta consolidar las piezas y hacerse más resistente, mientras las crudas verdades de la realidad tiran y aflojan para rompernos, para romper la cadena y partir nuestros eslabones individuales. Pero nuestra cadena nunca se romperá, porque los guerreros como nosotros no somos tan orgullosos como para ignorar el pasado. Aprendemos de él y nos hace crecer. Es el cimiento sobre el que se alza cada victoria. Es el catalizador de nuestro cambio. Y, aquí y ahora, te ofrezco la posibilidad de iniciar una nueva evolución, el próximo hito de nuestro avance. El próximo salto adelante en nuestra guerra contra la extinción. He tenido esta arma dentada desde aquel día fatídico en la Cresta del Menguador. La escondí. Protegí sus secretos y mantuve sus pesadillas ocultas donde nadie pudiera oírlas ni sufrir su tentación. Ahora está callada, salvo por un leve murmullo, pero su enfermedad sigue ahí. Pensé en destruirla innumerables veces, en eliminar su amenaza del terreno de juego, pero sabía que le esperaba un propósito más importante y creo que serán tus manos las encargadas de llevarlo a cabo. La colmena utiliza innumerables métodos para destruirnos. Las Armas del Dolor no son más que uno de ellos. Ahora, el destino de esta herramienta malévola depende de ti. ¿Vas a permitir que el dolor perdure como una amenaza enconada dispuesta a consumir a todos los que se dejan tentar por su poder? ¿O piensas forjar un nuevo camino? ¿Mostrarás a la colmena y a todos los guardianes que sigan tus pasos que el dolor no nos guía? Te dejo estas cuestiones para que pienses en ellas, pero mi opinión ya está formada. Somos mejores que nuestros miedos más profundos. Somos, más que nunca… Armas de Luz. S.