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1. El prisionero

En las profundidades del Presidio de los Ancianos, Eramis es la kell sin casa. Fuera, es la instigadora de la Casa de los Demonios, archienemiga de la Grieta del Crepúsculo, la Ladrona de naves. Pero, aquí, no tiene Casa. Aquí, solo se gobierna a sí misma. En la arena, donde los elixni más enclenques y los cabal sin líder la desafían, ella gobierna con una lanza de arco rota a modo de cetro. Es el arma más potente que se ha podido agenciar, y la doblega a su voluntad. No importa cuántas veces los guardas, orondos de éter, la envían a morir a la arena, ella siempre gana. Mata a los campeones, se deleita con los silbidos de éter que escapan de sus máscaras y el moco que gotea de sus armaduras. Empieza a gustarle el olor de la batalla. Sangre. Sudor. Éter. Miedo. Imagina que, un día, se bordarán estandartes con el símbolo de una lanza rota y una corona invertida. La Casa de la Anarquía. La Casa de la Rebelión. La Casa de Eramis. La Casa de la Nada. Cuando solo hay un kell, no hacen falta casas. Hoy, lucha contra un centurión de la Legión Roja. El dinero pasa de una mano a otra. En las hombreras tiene los arañazos de batallas anteriores y le han dado un martillo como arma. Lo alza y la audiencia vitorea. Eramis se aferra a su lanza rota, esperando. Dos ojos resplandecientes se fijan en ella, el centurión ha llegado. Intenta darle un martillazo, pero ella rueda y se aparta justo a tiempo. Lo intenta de nuevo, pero ahora ella está detrás y él no puede verla. Como una vaca que busca una mosca a sus espaldas, se mueve torpemente buscándola. Ella clava la punta de su lanza de arco en una muesca de la armadura y se impulsa para saltar sobre su hombro. Se enfurece como una bestia niirsai, lleno de rabia y estupidez, y casi la hace perder el equilibrio. Ella intenta sacar su lanza, pero las enormes manos del centurión la dejan sin sentido de un manotazo. La lanza se desatasca en el último momento, ella la sujeta con fuerza por la cuchilla. La energía de arco le abrasa las manos y le clava la punta en el cuello, justo por debajo del borde del casco. Él grita. Antes de caer, salta y cae de pie. El público nunca la anima. En lugar de eso, susurran. Ninguna prisión puede contener a Eramiskel, dicen. Eramiskel es peor que cualquiera de los Demonios. Eramiskel no sabe perder.