13. EL ERROR
"La Ubicación 6 está sellada", anunció Lord Saladino. "No hay manera de saber qué medidas de seguridad hay". Se inclinó hacia delante en su asiento, en la gran mesa de madera del Templo de Hierro. "La tecnología de la Edad de Oro es duradera. Podríamos caer en una trampa de hace cientos de años".
Felwinter estaba de pie, no muy lejos, con los brazos cruzados. "No es la primera vez que me infiltro en instalaciones de la Edad de Oro. No hay problema".
"Apenas acaba de secarse el cemento de nuestros muros en la Ciudad", dijo Saladino. "Hemos contenido a los señores de la guerra, pero nos vigilan. Puede que no sea el momento de arriesgar nada".
Con el codo sobre la mesa, los ojos de Timur viajaban de uno a otro. "Además, ¿qué pasa con el Estratega? Por lo que yo sé, SIVA está bajo su protección. No creo que le gusten los ladrones".
"No vamos a robar nada", respondió Felwinter. "Y creo que puedo ponerme en contacto con Rasputín".
"Es un ordenador", dijo Lady Jolder. "Hará aquello para lo que haya sido programado, sin importar lo lúcidos que sean tus argumentos".
"El objetivo principal de Rasputín es proteger a la humanidad. Me escuchará".
"¿Ah, sí?", inquirió Timur con una sonrisilla. "Parecéis muy íntimos".
Felwinter lo miró unos instantes antes de encarar de nuevo a Saladino. "Con SIVA podríamos construir más ciudades y ayudar a más gente". La pasión no era lo suyo, pero podía sentirla. Más de lo que lo había hecho jamás. "Podemos crear una nueva Edad de Oro".
"Tiene razón", anunció Skorri. "Necesitamos un modo de pagar nuestras deudas". Paseó la mirada por sus camaradas. "Si quieres replantar un bosque, no te conformas con una o dos semillas".
Los Señores de Hierro se sumieron en un silencio. Jolder tenía el ceño fruncido, lo que significaba que estaba cavilándolo. Silimar parecía preocupado. Felwinter sabía que contaba con Radegast y Timur. Pero nadie hacía nada sin consenso.
"La Edad de Oro no volverá", dijo finalmente Saladino. "Pero tienes razón. SIVA podría cambiar las vidas de la gente de la Ciudad". Se inclinó hacia delante. "Vale la pena el riesgo".
Los demás murmuraban entre ellos, debatiendo. Perun alzó la voz por encima del murmullo. "¿Y por qué no? No queremos que la gente piense que los Señores de Hierro no están por la labor".