El sol de agua, parte II
La superficie de agarre de salamandra en sus antebrazos atrapa... y sostiene.
"Fiu", dice, y nunca había tenido que decir algo tan tonto antes.
Los enjambres ven y pulsan en la bolsa de plástico perforada. No es la vida más alta de Titán, ni la más baja, sino que son una colmena en el helado fondo marino de enormes patrones trenzados que le hablan a Maury de la inteligencia. Ni individualmente, ni siquiera a nivel de colmena, sino como una especie de gran concierto, dirigido, tal vez, por leviatanes que se comunican a través de la barrera mediante un susurro magnético que los enjambres reciben a través de calamares orgánicos. Una ecología que abarca la vida con metano y la vida con amoniaco acuático. ¿Por qué? ¿Cómo?
Maury quiere saberlo. Pero si su curiosidad es la que ha traído a los enjambres solo para acabar atrapados en el terremoto, destrozados contra los puntales de la arcología, nunca se lo perdonará.
Debió poner un sistema de liberación a distancia, pero se confió. Toma un puñado de la superficie plástica inteligente de la jaula y dispara la señal de "desintegrar" a través de su guante. El polímero se rompe y los enjambres se dispersan, sus diminutos cuerpos desvían el metano líquido a medida que bombean hacia abajo y hacia afuera. A salvo. A salvo. "¡Lo logré!", dice con júbilo. "¡Estoy de vuelta!".
El sismo impacta.
A ciento cincuenta metros por debajo, la base helada de Kraken Mare rueda como líquido. Las arcologías responden al bajo lamento geológico con una cacofonía de gruñidos y gritos, flexiones de las articulaciones, ataduras tensas, subestructuras que absorben una energía mecánica impensable, tratando de evitar que algo...
Se rompa.
Algo debió congelarse en la subestructura del Domo 2. Algo debió volverse frágil. El chasquido es como el de un hueso. El casco aplastado de un dron pasa por delante de Maury mientras trata de retroceder alejándose del superdenso brazo de plastiacero y que cae como una guillotina a través de un metano demasiado delgado para golpearlo en...
Una ausencia.
Está en el fondo marino helado, a 240 metros de profundidad. Alguien le grita al oído. Es Mia. Siempre está ahí en caso de emergencia. Siempre está ahí para su equipo. "¡Maury! ¡Maury, despierta! ¡Responde si puedes!".
Su sensorio le dice que ha estado en coma médico, mientras las citomáquinas luchan por salvar su vida. Trauma masivo y contundente. Conmoción cerebral. El traje, como siempre, más duro que el ser humano que hay dentro. El Domo 2 se derrumbó parcialmente; se inclina hacia el mar sobre una subestructura dañada. Debería ir a ayudar...
"Maury", dice Mia, con un tono que no reconoce. Nunca antes la había oído asustada. "Escúchame. El terremoto terminó. Pero una placa de hielo se derrumbó en Kraken Mare. La ola de desplazamiento está llegando ahora y no estarás a salvo en el fondo. Debes alcanzar la superficie y superar el nivel de las olas. Serán al menos 50 metros".
¿Superficie? ¿Olas? ¿50 metros? Maury ingiere un nootrópico para aclarar sus pensamientos y gruñe en voz alta en estado de shock. Lo entiende. Oh, lo entiende ahora, tiene que escapar. "Entiendo. He perdido mi flotabilidad. Ascendiendo con los propulsores".
Llega a la superficie, con tiempo de sobra. Incluso puede ver el Domo 1, todavía intacto, aunque muchas de las plataformas que lo rodean están dañadas. Uno de los espeluznantes soldados exo está fuera, llamándole con un láser deslumbrante, guiándolo.
Maury abre las alas de membrana su traje a todo su alcance. Un solo y poderoso golpe de paramúsculo toma el aire y lo saca del mar. ¡Se eleva! El aire de Titán es espeso y la gravedad de Titán es ligera. Como un murciélago enorme, puede volar. Baja la cabeza y comienza a ganar altitud dirigiéndose hacia el exo.
El láser del exo le parpadea un código. VE CON DIOS, POBRE...
Maury mira hacia atrás.
Primero, ve al supercargador, trágicamente flotante, trágicamente ligero, construido para los mares con mareas suaves de un metro, pero ahora está montando la ola más grande que Titán haya visto directamente en la subestructura dañada del Domo 2. En 152 kilopascales de presión de aire, el sonido de pandemonio de la colisión tiene el poder de destripamiento de un propulsor de cohetes.
Toda la arcología se derrumba sobre la nave, y hacia el mar.
Luego ve más allá de la devastación y reconoce la escala completa, la velocidad total, la inminencia de esa impensable ola de metano que viene hacia él.
"Oh, vaya", exclama.