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Asher: Conclusión

Mientras Asher Mir observaba la nave de su asistente entrar en órbita por última vez, cayó en la cuenta de que no había valorado como es debido el trabajo que había realizado. Sopesó durante un instante enviarle una carta, pero había mucha más gente que merecía sus palabras. Y si se dedicaba a ello por orden de prioridad, jamás llegaría a enviarle nada a su asistente. Así que no tendría ningún sentido. En lugar de darle más vueltas, se centró en el Piramidión. Los vex no nacen ni tampoco se crean. El deseo de comprender este enigma llevó a Asher a Ío. Llegó a la conclusión de que la pirámide, con sus extraños recursos y su poder misterioso, habría venido con el mismo propósito. La nave oscura quería hacer suyos los secretos vex. Pero Asher Mir ya había reclamado su derecho y estaba dispuesto a defenderlo. No tardó en presentarse ante las puertas del Piramidión. La seguridad vex respondió tal y como supo que haría, pero estaba preparado. Apiló los cuerpos destrozados en la explanada y se adentró. Se deshizo del primer centenar de vex; después, del segundo. Un minotauro rugió frente a él y Asher le aplastó el núcleo radiolario con el puño de metal. Pasó por encima de sus garras. Se deslizó entre los fluidos blanquecinos y espesos por la coagulación. Asher tragó sangre y continuó su camino. Se detuvo junto a un portal giratorio y observó la irregularidad de las olas, luego cruzó en el único momento posible. Caminaba constantemente a través de rejillas láser que parecían doblarse a su alrededor. Colgaba tranquilamente de un torbellino gravitacional mientras el suelo a sus pies se sacudía y cambiaba con rapidez. Y los vex comenzaron a observar. Los pasillos del Piramidión estaban repletos de brillantes ojos rojos. Los maniquíes metálicos, de pie y en silencio, temblaban curiosos ante el paso de Asher. Un área que conocía muy bien se desplegaba ahora ante él: un sumidero cubista que apestaba con el hedor a barro de pizarra y lejía. Miró allá donde debería haber estado el cielo y avistó otra forma imposible; otra contradicción fractal. Muy por encima, plácido en su vórtice de Penrose, el vasto lago radiolario lamía tranquilamente las costas metálicas. Asher alzó primero el brazo metálico hacia el lago; a continuación, el de carne y hueso. Alzó ambos e hizo descender el lago.