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Palingenesia I

Mara piensa en los banianos que se extienden por los lagos aluviales poco profundos de un mundo que nunca volverá a ver. Las guías de ondas de su casco detectan la imagen y obedecen al programa encriptado de instrucciones que ha instalado en todos los sistemas de su flota. Habla con el canal de dirección de vuelo. "Vuelo. Avisa para la espera final". "FIDO. Permiso para volar". "Guía. Permiso para volar". "INCO. Buena constelación. Permiso para volar". "GEOD. Permiso para volar". "BIO. Permiso para volar". Mientras sus controladores de vuelo confirman el estado de sus dominios técnicos, Mara echa un vistazo al espacio a través de la mirada sintética de su sensorio. Los Cascos relucen a la severa luz azul blanquecina de la estrella, cada nave como una semilla de plata abrazada por inmensos miembros estructurales y envuelta en depósitos de fluido inteligente con adaptación espectral: teóricamente suficiente para sobrevivir a las horribles fuerzas de tránsito de una singularidad. Mara se ordena a sí misma no estirar el cuello, pero lo hace de todas formas y sufre un terrible calambre al buscar al Distributario en el cielo. Ahí está. El mundo de su renacer, brillante con el azul del agua y hermoso, rodeado como un giroscopio por sus dos anillos. Mundo de corsarios risueños, mundo de cazadores jadeantes por el bosque, mundo de montañas tremulantes con pálido fuego de Cherenkov, mundo de dulces labios manchados de bayas y percepción matemática pura como un repique de rodio. Nunca volverá a verlo. Mara piensa en su madre. No quiere, pero lo hace, y el recuerdo le venda los ojos, le pone una mordaza y le tapona los oídos para que no pueda oír nada más que la voz de Osana esa última noche Están juntas, achispadas, y la noche ha dado paso a la mañana. Ahora se sientan una al lado de la otra, madre e hija, viendo el sol salir sobre la cordillera de las Criseidas desde la casita del rancho de Osana en la tundra. "No iré contigo", dice Osana. Mara ha temido tanto tiempo esta respuesta que le da por reírse tontamente. Esto no puede estar pasando, claro. Es una pesadilla; uno de esos sueños estresantes en los que fracasan tus facultades para la persuasión y la manipulación. "Claro, mamá", dice, "tienes que llevar un rancho, al fin y al cabo. ¿Más?". "No, gracias". Osana mira el amanecer con ojos entrecerrados. Pocas arrugas por la edad rodean a sus ojos, una encriptación ilegible, sin descifrar pese a los siglos de esfuerzo de Mara. La luz, en su ascenso, arranca una lágrima. "Tendrás que despedirte de Uldren de mi parte. No me habla". "¿Qué?", jadea Mara, como si este fuera el verdadero golpe, y no perder a su madre para siempre. "¿Por qué?". "Porque le dije que no iría contigo. Soy feliz aquí". "Mamá", dice Mara, con ira creciente, "yo también soy feliz aquí. Esa no es la cuestión…". Una conversación que, más que acabar, se machacó a sí misma en una papilla emocional insostenible, horas más tarde. Ninguna catarsis. Ninguna conclusión. De vuelta al presente: "Armas", grita Uldren. "Permiso para volar". "Permiso para volar", confirma Mara. "El reloj está en marcha. L menos cinco minutos". Junto a la proa de su Casco, una esfera de masa ultradensa espera el momento de la implosión y el colapso. Habrá solo unos instantes para pasar por el agujero de gusano antes de que se evapore. "Vuelo, sensor", grita Sjur Eido. "Tengo oclusiones anómalas del campo estelar, rumbo…". "¡Interceptad!", grita Mara. "¡Son misiles!". Tenía que ocurrir. Alguien tenía que tratar de detener la salida, alguien bueno y con la pureza de un paladín que crea estar salvando a decenas de miles de insomnes de la locura y el desastre. "Vuelo, FIDO. ¿Abortamos?". "¡Negativo!", espeta Mara. "¡Listos para la cuenta atrás! ¡Armas, eliminad lo que llegue!". Sjur Eido gruñe consternada. "Van a pasar", dice. "Cinco o seis, al menos". "Uldren". Mara abre su canal personal con tan solo pensar en la cara de su hermano. "Reasigna tus armas para proteger la entrada". "Perderemos Cascos, Mara…". "Ya lo sé. Hazlo". Mara abre la interfaz de comandos para la entrada y envía la imagen de una espina ensangrentada. La cuenta atrás pasa inmediatamente a cero. "A todas las naves, abortamos la espera para el lanzamiento. ¡Preparaos para la aceleración!". Emite la orden de lanzamiento de emergencia. El Casco grita con la propulsión. El traje de Mara se llena de gel de acolchamiento. Piensa en la cara de su madre, tratando de fijarla perfectamente en su mente, y su sensorio intenta, en vano, abrir un canal hasta Osana. Mientras el Casco se zambulle en la singularidad, lo último que ve Mara es el triste mensaje de error: No hay conexión. No hay conexión. No hay conexión. No se puede conectar con Osana.