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VIII.X: Apócrifos

SUSURROS DE DISIDENCIA "¡Escucha con atención, oh, Hermana de la Canción, Corista de la Desesperación, Heraldo de la Muerte! Tu canción aún ha de cantarse. Tu propósito aún ha de cumplirse. ¿Eres violencia? ¿O eres la muerte? Dos sin igual, madres del miedo, mas no la misma. Una es la promesa. La otra, certeza. Pero las promesas pueden no cumplirse y convertir en mentirosos a aquellos incluso de corazón puro. ¿Por qué ser, entonces, otra cosa sino certeros?". El primero de los susurros llegó a oídos de Azavath justo antes de que su hermana hiciera el primer corte. Incluso mientras su agonía inundaba la sala, los murmullos resonaban en su mente. "Tu hermana es astuta y pura en su sacrilegio. Ve rota la lógica de la espada y su visión es clara y verdadera. Pero la senda que anhelas es un sinsentido. Buscas la destrucción de los débiles, la aniquilación de los cobardes que reclamarían un trono vacío. No hay nadie digno entre vosotros. Ni reyes. Ni reinas. Así que te ofreces tú; un valiente sacrificio que pretende engendrar una matanza. ¿Y entonces qué, oh, Azavath, la del Enjambre Huérfano, la del Coro roto? Tu carcasa quedará condenada a una existencia de violencia... y nada más. Te entregas por una promesa. La Muerte seguirá tus pasos. Pero solo acompañando a la ira que la pobre y errada Malkanth y tú queréis desatar. Y eso, hija mía, es lo único que tu hermano puede ofrecer: su ira. La ves como algo adquirido. No te equivocas. Pobre idiota, Akrazul. ¿Cuánto tiempo ha languidecido, desesperado, como consecuencia de sus propios errores? Ahora, para saciar su furia y verlo completo en cuerpo y alma, entregarás lo que es tuyo: cuerpo, alma y más aún... Tu preciado don. Tu Canción".