XI: La antilógica
ARRIBA...
La reina carnicera de los fosos de matanza sube hasta el primer balcón con el pecho jadeante, la mirada plenamente atenta y bautizada con una espesa mugre pegajosa de polvo de hueso y vísceras.
La congregación no sabe muy bien qué pensar de esta exhibición. El miedo se apodera de la corte cobarde de la Necrópolis.
Todos reconocen a Azavath, pero ella no es una combatiente, y su canción, aunque letal, no llega al tono perfeccionado de otros miembros del Coro roto.
En sus manos, Azavath porta pesadas hachas, cada una cargada de trozos adheridos de sus víctimas. Debajo están los restos de mil cadáveres.
El valiente Zulmak, que estuvo casi a punto de demostrar la lógica, yace desparramado, desmembrado, con una cavidad donde antes latía su corazón.
La congregación pide explicaciones a Azavath. No es una guerrera, pero lucha como una conquistadora. No ha mostrado ninguna pretensión, pero ha masacrado a un campeón. La lógica estaba casi demostrada. ¿Qué le da derecho a…?
Una de las hachas de Azavath atraviesa al perverso erudito que sermonea a la cantora, partiéndolo en dos como si estuviera hecho de aire.
El pánico se desata en la congregación mientras Azavath desata su furia contra ellos.
No son luchadores.
Son maquinadores, manipuladores y cobardes.
Son todo lo que Akrazul odia.
Su nueva sangre —su nuevo hueso— le permite manifestar ese odio con una agresividad fulminante e implacable. Se lo agradece a su hermana, sabedor de que estaría orgullosa de la sangre que ahora derrama. Ella se entregó para que él pudiera volver a luchar por todo en lo que creían. En este mirador sobre el foso lleno de vísceras, mientras los futuros consejeros de un Rey inexistente golpean y caen, él mata por ella, en ella, como ella. Torre tras torre. Cobarde tras cobarde. Los cuerpos de los indignos contaminan sus templos de sangre. Los gritos resuenan por el infinito. Akrazul y Azavath son uno y, en su unión, él ya no es el mismo. Ya no es Akrazul; solo queda su rabia.
Él considera que el asesinato de los titiriteros no era parte del plan de Malkanth. Ella se enfadaría, pero ya no importa. Lo único que importa es la venganza. Y lo único que saciará su apetito asesino es acabar con todos los que han decepcionado el Enjambre.
Entre la congregación, las Hijas de Crota intentan escapar. Pero Besurith se vuelve hacia sus hermanas y les pide que piensen en la situación. Mientras las cuatro se apartan de la senda destructiva de Azavath, aprovechan el caos para ocultar sus pecados. Hashladûn, Besurith, Kinox y Voshyr sacan dagas de sus capas y asesinan a todos los que consideran una amenaza para sus planes. Azavath cargará con la culpa y, aunque las descubran, no quedará nadie para desafiarlas.
ABAJO…
Una voz llama desde el Foso.
Azavath detiene su masacre.
La voz resulta familiar, pero a la vez extraña. Distinta.
Abajo, Malkanth flota sobre los cuerpos rotos que cubren el suelo.
Azavath observa al resto de las víctimas y se vuelve hacia su hermana.
Malkanth vuelve a llamar.
"Hermano... Te necesito".
Azavath abandona el mirador rojo mientras los pocos miembros de la congregación que quedan huyen, liderados por las hermanas, que fingen angustia.
En el Foso, Azavath sopesa con cuidado a Malkanth. La silenciosa Cantamuerte está confusa, insegura. Malkanth flota en las proximidades, con una gran herida abierta en su torso, y susurra al oído de su hermana...
"Nuestro camino es erróneo. Tu furia es una carga. Deja que te alivie de ella...".
Mientras Malkanth canta una canción familiar con un tono desconocido, los ojos de Azavath se abren de par en par al reconocerla. Intenta hablar, pero no puede; su voz quedó destruida en su deshacimiento.
La canción prosigue y Azavath sangra por los oídos, por la nariz, por los ojos y por la boca. Su hueso se parte y la carne borbotea hasta que se rompe. Malkanth sonríe una vez más. El plan de la Impostora no se ha cumplido, pero la lógica de la espada detenida es una victoria en sí misma.
Hashladûn se asoma al Foso mientras los últimos miembros de la congregación escapan. Zulmak ha caído; el nuevo campeón yace despedazado. No hay nadie que se alce con el premio de la lógica. El plan de las Hijas para devolver la gloria a su padre ya no está amenazado.
Y, tal y como antes de que todo comenzase, lo único que queda es la lógica de la espada fallida y la promesa desconocida de pesadillas.