Imponente I
Posteriormente, el poder de la reina decayó, y el Distributario era gobernado por eruditos que enviaban a sus caballeros a misiones descabelladas para probar la consistencia de la realidad. Eran los escribas de Gensym, que hacían remontar su origen a Kelda Wadj, la maestra de maestras, pero que en realidad eran descendientes de una banda de cuentacuentos errantes que surcaban los inmensos claros de sal en un sonoro convoy de hidrodeslizadores. Esta era su alabanza del mundo:
Es de agua dulce y no hay venenos sobre él. El carácter del clima es tranquilo. Grandes felinos de patas anchas acechan en los claros poco profundos, y brillantes flamencos azules desfilan por las llanuras. El aire es denso y cálido, apto para el vuelo, y el viento sabe a bosque. Ningún amanecer ha sido nunca tan glorioso como el amanecer del claro de sal, y ningún anochecer ha conmovido nunca a las mujeres en tan profundo llanto como el ocaso en las Criseidas. Los corsarios cazan sobre mar abierto, y allá donde abordan buques mercantes en lugar de unos a otros, dan rumores y ayuda a sus presas según la calidad de la persecución. ¡Amadas son las historias de jóvenes muchachos y muchachas que saltan al navío de los corsarios por una vida de aventura! Amados son también las terrazas de cultivos de las Andalayas, montañas tan imponentes y tan densas en radiactividad que año tras año se hunden en la corteza. Los más amados son los fisioneros, que nos dieron acceso a la energía en un mundo sin petroquímicos. Que nos perdonen las muchas historias de terror que hemos contado en su memoria. Que perdonen en concreto las sórdidas historias del reactor de plomo fundido, y los doce que fueron empalados al techo por sus barras de control, y el núcleo que acechaba.
Es la Verdad Sanguínea que recibimos este mundo de la incondicional misericordia de las potencias, y que nunca volveremos a conocer el miedo.
Sin embargo, los escribas también dejaron constancia de su frustración con Mara y Uldren, de los que se decía que solo ellos, de entre los ochocientos noventa y uno, habían visto la creación desde fuera. Los dos deambulaban por la tierra en busca de saberes de portentos y profecías, y todos los ecaleístas que quedaban desde los antiguos días susurraban que, pronto, se conocería el día del ajuste de cuentas, el día en que los insomnes serían llamados a pagar su deuda.
En la corte de uno de los escribas, apareció una mujer de tremenda estatura y furiosa ira, armada con un arco que solo se podía tensar si lo enrollaba por el cuerpo y usaba toda su masa para doblarlo. "Soy Sjur Eido", dijo la mujer, "y acuso a Mara del antiguo asesinato de mi señora la Diasirmo. En la silla llevo un arma a la que solo le queda una muerte. Llevadme hasta Mara y la usaré".
Los escribas deliberaron y se dijeron que este vil asesinato podría evitar otra Guerra de la Teodicea. Así que contaron a Sjur Eido todo lo que sabían para cazar a Mara.