Imponente II
Con cuidadosa planificación, los habitantes del Distributario crecían en número. Alegre y constantemente, crecían en calidad. Aquellos que no mueren son tan maleables y apasionados como los jóvenes, tan templados y constantes como los maduros, y tan sabios y humildes como los mejores de los ancianos.
Pero como en todas partes, a los insomnes les preocupaba la muerte. Era fácil imaginar un mundo más antiguo o más duro que el Distributario, un mundo lleno de competidores en el que los insomnes, lentos al cambio y de exuberante vitalidad, se verían indefensos frente a austeros procreadores de vida fugaz que se adaptaban con cada rápida generación.
¿Por qué estaban libres los insomnes de la mortalidad? ¿Habían sido recompensados, como predicaban los sanguíneos, por su valentía y fidelidad en una existencia pasada? ¿O tenían razón los ecaleístas? ¿Podrían ser todos los dones del Distributario, todas las blancas estrellas del firmamento, todos los años de la vida de los insomnes una forma de cobardía? ¿Había una batalla sin luchar en el fondo del alma insomne? ¿Un deber por cumplir?
La reina Nguya Pin reinstauró la monarquía para quitar protagonismo a los escribas de Gensym. Lo logró tras la fatídica visita, el día del solsticio de verano, de una mujer encapuchada y enmascarada que algunos rumoreaban que se trataba de Mara Sov y, otros, de la desaparecida Diasirmo. Durante noventa y nueve años (una figura retórica que significa un largo tiempo), la reina había sido una autoridad solo en las artes y las cuestiones espirituales. Sin embargo, la reina Nguya Pin declaró que era ahora una ecaleísta declarada y que la reina lideraría la búsqueda por identificar cualquier posible deuda que los insomnes tuvieran con el cosmos. Era hora de seguir un sueño amado por todos los insomnes: la conquista del espacio y la valoración de la verdadera forma y edad de su universo.
La antigua corte de la reina dio a los escribas de Gensym un lugar donde deponer su orgullo y comportarse como iguales. Pronto, los mayores ingenieros del mundo se reunieron en la corte de la reina, y cuanta riqueza o recursos necesitaran fluían sin trabas. Grandes cataratas de hombres y mujeres se derramaron por el palacio gritando sobre estatorreactores y apoastros en la profundidad de la noche, para luego despertar ante cafeteras llenas de café fuerte para mascullar sobre tensores métricos y anisotropía de microondas cósmicas.
A este festín de ideas llegó Sjur Eido, en busca de la mujer que había convertido a la reina Pin al ecaleísmo. Sjur ardía de una antigua furia, pues otra cosa que puede cultivar el inmortal es una venganza eterna.
Sjur Eido dedujo quién de entre la corte de la reina debía de ser una Mara Sov camuflada. Siguió a la figura encapuchada a su laboratorio y vio a Mara ir a trabajar en la soldadura de un bolómetro improvisado para buscar indicios de ondas gravitatorias primordiales. La furia y el dolor de Sjur Eido se azuzaban contra la gracia irreflexiva y la antigua belleza de Mara, hasta que al fin su corazón se desató y soltó su sangre caliente en un grito. "¡Mara Sov!", exclamó, arrojando entre medias de las dos su láser de materia con tecnología maliciosa. "No puedo vivir mientras tú vives, pero no soporto matarte. Te reto a un duelo hasta la agonía. Pelearé a muerte contra tu compañero más amado y te dejaré herida de por vida o moriré en el intento".
Mara no podía negarse a este desafío. Llamó a Uldren y, con una crueldad a la que ya no le daba miedo entregarse, le dijo que habría de combatir a muerte por ella contra Sjur Eido.
"No podemos jugárnoslo todo a un solo combate", dijo Uldren a la antigua alma vengativa. "Sería conceder demasiado al azar. Un rencor que viene de tan atrás merece una prueba digna. Propongo luchar con espada, con fusil y con cazas de superioridad aérea de quinta generación".
Sjur Eido aceptó estos términos.