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Imponente III

Ahora sucedió que Esila, hija de Sila, reconoció el rastro de Sjur Eido, pues el olor es lo que más hondo se graba en la memoria. Esila habló con la reina Nguya Pin sobre la presencia de una antigua heroína en su corte. Mientras la reina Pin meditaba el modo de honrar a esta visitante (y se revolvía por el insulto de la presencia inesperada de Sjur), un espía trajo información a los escribas de Gensym sobre las intenciones de Sjur Eido. Los numerosos escribas se inquietaron ante esta noticia, ya que habían dado permiso a Sjur Eido para cazar y matar a Mara Sov. Si Sjur Eido asesinaba a un invitado de la reina bajo el mandato de los escribas, sería la guerra y el fin del gran impulso espacial de los insomnes. Se llamó a los historiadores a la corte con ramos de flores dulces y provisiones económicas para hablar con Sjur Eido. "Era una de las paladinas de la reina Alis Li, pero era ecaleísta y creía que algún día se nos pediría pagar el don de nuestro despertar". "¿Desafiaría ella la protección de la reina y asesinaría a un invitado de la corte?", preguntaron los escribas. "Oh, desde luego", dijeron los historiadores, riendo. "Era terrorífica". Los escribas comenzaron los preparativos para huir de la corte de la reina, pues preveían que se les culparía de la victoria de Sjur Eido. Ante la incertidumbre, muchos contratistas y proveedores esenciales se retiraron del programa espacial. La reina denunció a los escribas de Gensym por infieles y egoístas, y sus seguidores ecaleístas se enfurecieron con la mayoría sanguínea que había echado por tierra su sueño de volar. Se volvieron casa contra casa, hermana contra hermano, esposa contra esposa. Todo el mundo apretó los puños. Mientras tanto, Sjur Eido y Uldren se encontraron en una red de lianas entretejidas sobre un estanque de agua pesada. La luz de los reactores de la reina relucía bajo ellos mientras adoptaban sus puestos. Uldren llevaba un peto blanco de armadura cerámica sobre un traje de seda con borlas negras y empuñaba un largo cuchillo fractal, cuyo filo cortante era casi tres veces más largo que la hoja. Sjur Eido luchó en la armadura de presión azul grisáceo contorneada de un paladín con la Estrella de los Ocho Edictos blasonada en el pecho. Antes de empezar, Sjur Eido desgarró la cortina transparente sobre el rincón del jardinero y lanzó una mirada a Mara Sov. "¿Tienes miedo?", le susurró, medio con odio, medio con admiración, pero sumida en una actitud reverencial. "¿Sudas? ¿Se te entrecorta el aliento?". Mara presionó la mano sobre la máscara facial de Sjur sin dejar mancha. Sostuvo el guantelete de Sjur sobre su corazón para que notara su pulso regular y su respiración serena. "¿Es que él no te importa?", la presionó Sjur. "¿No significaría nada si lo dejara tullido?". "Haces las preguntas correctas", dijo Mara, "pero del hermano equivocado". Entonces Sjur entendió que luchaba con un hombre que siempre expresaría su amor mediante la pérdida y el suplicio. Hizo una reverencia a Uldren y sacó el cuchillo. Uldren hizo una reverencia en burlona respuesta. Lucharon a través de la red de lianas en una lenta espiral, deslizándose como arañas, esperando a que el movimiento de la red bajo ellos señalara un instante de vulnerabilidad. Y luego el ataque, el choque, la visión borrosa de los cuchillos: las directas acometidas carcelarias de Sjur Eido contra los remolinos del teatro engañoso de Uldren. Toda pelea con cuchillos se reduce a la toma y la rendición del espacio: ninguno de ellos se rendiría al acorralamiento, al agarre, al frenético intercambio adrenalínico de cuchilladas que dejaría muertos a los dos. Uldren empezó a cortar lianas clave para desbaratar el juego de pies de Sjur Eido, y Sjur Eido contraatacó con embestidas para hacerle perder el equilibrio. Al fin, cayeron juntos en el estanque refrigerante. El combate fue un empate, pero era solo el primero de tres.