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Archiloquio

Secretos. ¿Vienes esperanzado, oh, lector, por los secretos de Mi reino? Una parábola. En la tierra nitrosa del cráter relampagueante, donde el firmamento se ha unido en furia eléctrica con el fundamento, vive un insecto que cava madrigueras con dos antenas temblorosas, finas como cabellos, largas como la vida. Una mano ávida se alarga en busca del secreto enterrado, encuentra la antena y tira. Obtiene un mero pelo, carece de sentido: el buscador está decepcionado. Un insecto herido enterrado más hondo: el secreto, ahora, medio ciego. Escarbar en busca de la verdad puede enterrar las mentiras más al fondo. Si reconoces Mi Autoridad, te ordeno que sigas adelante con tanta suavidad como el amante pasa una navaja sobre la piel de su amado. Si no lo haces, te nombraré majescept, escéptico de la realeza, y te recomiendo que vigiles tu filo. Corta demasiado hondo y demasiado rápido, y matarás aquello que quieres saber. Piensa con demasiada impaciencia, e igual que la mano que escarba deja su huella sobre la tierra blanda, así encontrarás tan solo la imagen dejada por tus propias suposiciones. ¡Ten cuidado de quien se alimenta de las mentiras adyacentes a la verdad! Ten cuidado con el espacio entre la realidad-como-la-imaginas y la realidad-tal-como-es, pues es abundante para aquellos con apetito. Muy bien. El destino de los viajeros valientes, el lugar de nacimiento intemporal, mi recreación de Milton, las ruinas que hemos hecho nuestras, el desgarro dos veces desgarrado, la sangre de la hija que hace una dura costra en la herida de la madre. Todas las cosas contadas, toda la verdad revelada, aun bajo la bruma y el misterio. Si tienes la gracia, mira nuestros pesares, pero contén tus lágrimas. Nos crearon para pagar este precio. Yo nos conduje a nuestro destino. Búscame en mi residencia. Oye estos susurros de los labios del dios salido de un huevo de la reina.