Brephos I
La mujer se sienta en un saliente que cuelga sobre el infinito. Mira hacia abajo y sacude las piernas.
Aquí las estrellas brillan intensas, porque el sol apenas es más brillante que el resto de ellas. El sol está justo debajo de ella. Por supuesto, los conceptos de arriba y abajo se definen solo por el eje de empuje de Yang Liwei. Hacia arriba, el paraguas negro del escudo y el almacén de materiales, y las naves atracadas que hacen de Yang Liwei no solo una nave nodriza, sino toda una flota en movimiento. Hacia abajo, a lo largo de la delgada columna vertebral de la nave, el bulbo protegido del motor brilla con un infrarrojo invisible. Si se resbala de este saliente, caerá por toda la longitud de la nave a un tercio de la gravedad de la Tierra, no porque haya nada que la arrastre, sino porque la nave se está alejando.
Yang Liwei acelera, lenta pero inexorablemente, hacia las estrellas.
Ella no es de una sola raza o linaje, y la luz de su piel es del color de la luz de las estrellas: se deja llevar con un traje de tono transparente que le deja empaparse en ella. Tenía diecinueve años y nueve meses cuando la nave comenzó su maniobra de inyección transestelar, aunque eso solo es cierto si te riges por el calendario de un planeta que apenas ha visitado pero que siempre amará. Está convencida de que es inevitable amar la Tierra si creces en el espacio. Amas la Tierra en secreto, igual que los adolescentes adoran los vídeos de hace doscientos años de bailes horteras en Nochevieja. La Tierra no pide demasiado. Las colonias son padres exigentes, pero la Tierra es como una tranquila abuelita, caldeándose lentamente con arte extraño e ideas aún más extrañas, entronada sobre una ecología más antigua que el tiempo humano. La Tierra fue el primer mundo terraformado. La vida hizo habitable la Tierra.
Forma parte de la Yang Liwei y el resto del Proyecto Amrita a crear nuevos mundos.
Vino porque vio un augurio en la muerte de un hombre. Estaba con él en una actividad extravehicular, reparando la aleta atascada de un radiador en una plataforma circunjoviana no tripulada. Trabajaban en un silencio amistoso, escuchando el rugido de la magnetosfera joviana, cuando ocurrió. Un embrión de conejo congelado salió del espacio profundo a cuarenta kilómetros por segundo y le atravesó la máscara facial. El conejo debió de salirse en algún accidente con un biocontenedor lejos del sol, para luego volver con fuerza al interior como un cometa.
Inmediatamente después (por motivos que ella tenía muy claros porque siempre había sentido una intuición por el significado de las cosas; motivos muy difíciles de explicar a los demás porque esta intuición era algo secreto), preguntó a su madre si la familia podría viajar con el Proyecto Amrita.
Amrita: la bebida que acaba con el beber, la copa sin fondo. Es la misión por llegar mucho más lejos del sistema solar y por terminar con la dependencia que tienen los humanos del Viajero. Una llamada a quienes ven a la humanidad como un capullo, un estadio de desarrollo, una forma lista para despojarse de ella.
Ella es una auturga de tercera clase, un subsistema automotivado de la ecología inclusiva de la nave, un término que abarca tecnología, biología y comportamiento, todo lo cual debe mantenerse para el éxito de la misión. Su labor es identificar problemas e informar de ellos a una auturga de segunda clase, que le dará las herramientas que necesita para repararlos. Pero ella nunca habla a su segunda. Nunca le cuenta a nadie los problemas que encuentra. En lugar de eso, los arregla ella misma. Su trabajo, por tanto, ha asumido una cualidad mágica: ella aparece cuando hay un problema, y poco después, el problema desaparece. La gente ha empezado a dejarle regalos. Algunos de estos regalos son preguntas. Contesta las preguntas con una confianza tranquila que algunos dirían que no se ha ganado. Sabe que ve más de sus vidas de lo que ellos ven de la suya, y que este misterio, este ver sin ser vista, le confiere una especie de poder parecido a la sabiduría.
Vive fuera de la nave, trajeada y envuelta en una capa de citogel, que la mantiene con limpieza quirúrgica. Echa de menos las atrevidas modas de gravedad cero de sus primeros años, prendas como las medusas a la deriva que se escurren al agarrarlas, los dardos autocorrectores en la tela, la seda como frío alcohol derramado. Echa de menos la sensación del aceite y el sudor en la piel, pues el traje la deja tan limpia que se siente despellejada.
Aun así, sigue aquí fuera porque quiere sentir el sabor cambiante de la luz de las estrellas mientras el universo frente a ella se desplaza hacia el azul. A medida que la Yang Liwei acelera para alcanzar la velocidad de la luz, se aproxima cada vez más rápido hacia la luz que llega por delante. Si la luz fuese como el polvo, azotaría a la Yang más rápido, pero la luz nunca puede cambiar de velocidad, por lo que, en vez de eso, gana energía. La luz roja es baja energía, y la luz azul-violeta es alta energía, por lo que el universo se vuelve azul.
Incluso ahora, la misma punta del espectro visual, la luz violeta-azul, se está desplazando a un ultravioleta invisible, el color de la velocidad, el color del futuro.