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Donde reside la lealtad

El experimento de Variks tuvo éxito, pero no como esperaba. La ingestión del brebaje etérico seguía provocando la muerte de los caídos; no era, en absoluto, una sustancia que preservara la vida. Era, sin embargo, una sustancia que DABA vida. Aunque el éter oscuro persistía como una niebla densa, también parecía extenderse en busca de recipientes vacíos. En este caso, encontró a los escorias muertos que sembraban el suelo. Se deslizó por dentro de los cadáveres como una lenta inhalación, inflándolos, estirándolos hasta el punto de provocarles forúnculos y reventones, poniéndolos en pie. El éter oscuro dio a estos escorias sin vida… una nueva vida. Estaban furiosos. Su respiración era regular, pero fuerte y rápida. Formaban un estruendo como si vivieran volcanes bajo sus pechos. Un fuego negro se levantaba de la piel de estos seres mientras quemaban este éter oscuro como un motor a reacción quema combustible. Lo que Variks vio realmente ante él fue la ira personificada y alimentada por el odio, y el comienzo de otro Tornado. Ya no eran simples caídos. Eran repudiados. Detrás de él, Fikrul reía y reía sin parar, hasta que se detuvo abruptamente. En ese preciso momento, los repudiados cayeron al suelo, muertos una vez más. "Tus escribas, tus kells, tus Casas; todos serán pronto olvidados, como los Antiguos y los skaith antes de ellos", refunfuñó Fikrul en la preciada alta lengua del Juicio de Variks. Esto hizo acercarse más a Variks, cara a cara por la portilla de la celda. Fikrul volvió la oreja hacia arriba, escuchando. Volvió a prestarle atención a Variks. "Padre dice…". La pausa colgó pesadamente en el aire. "Padre dice… que ya sabes dónde yace tu verdadera lealtad". El fanático retrocedió de la portilla y esperó. Leltad. Verdadera lealtad. Esperó que un recuerdo de Mara apareciese en su mente. Pero en vez de eso... Se encontró pensando enlas profecías de la Casa Lluvia. Kell de Kells. Días después, Variks cumplió sus deberes por última vez. Visitó el control central. Ejecutó una simulación de prueba en los sistemas de seguridad, hizo unos ajustes en función de los resultados. Revisó y dio el visto bueno a las rotaciones diarias de la plantilla. Por último, tuvo una conversación privada con el único gran sirviente que quedaba en la prisión: el Presidio de los Ancianos no funcionaría sin un celador. No habló con Petra. Al terminar el día, el Presidio de los Ancianos se sumió en el caos. "Tu hora LLEGARÁ, Variks". Uldren se sienta en su sitio favorito, mirando en su dirección favorita. "Me lo dijo ella. Tiene solo un último deseo para ti". "No, majestad". La voz de Variks se llenó de emoción. "Soy yo quien tiene un último servicio para ti". Variks se marchó antes de que pudiera cambiar de idea. Sonó una sirena estruendosa. La voz del gran sirviente de la prisión resonó por los altavoces, con la voz de Variks. "Fallo en los sistemas de seguridad. Iniciando cierre y reinicio de emergencia". El lugar cayó por un momento en la oscuridad, pero las luces de emergencia iluminaron rápidamente el bloque de celdas. Por todo alrededor sonaban alarmas, destellaban luces de advertencia, siseaban neumáticos, y fluidos criogénicos se evaporaban en niebla mientras las celdas criogénicas que surcaban este bloque de celdas empezaban a abrirse. Variks se movió lo más rápido que pudo hacia la salida, sin molestarse en mirar atrás, pues ya sabía lo que vería. Los barones repudiados y el príncipe Uldren estaban libres. Igual que todos y cada uno de los residentes en el Presidio de los Ancianos. Variks se escabulló, bajo el manto de la anarquía de la prisión, por el mismo pasadizo secreto por el que Petra y Cayde habían introducido al príncipe Uldren. Allí le esperaba una nave cargada con el resto de su éter. Mientras caminaba, dejó dos grabaciones para ser enviadas desde la prisión cuando se hubiese marchado. Para la primera, desactivó su modulador de voz y comenzó a dar órdenes en la Alta Lengua. No sabía cuántos responderían a la llamada del Juicio. Pero tenía que intentarlo. Para la segunda, volvió a conectar el modulador. "Me llaman traidor. A mí, que he sido el más leal. Se creen que no oigo sus palabras. Bicho. Insecto". Hizo una pausa. "Caído". A grandes zancadas, ascendió por la rampa al interior de la nave. Hacia el puente. Un vándalo con los colores de los Lobos le saludó al pasar. "Oigo sus palabras. La Casa del Juicio siempre escucha". "La Gran Máquina estuvo en el Juicio. Los elixni sucumbieron a la guerra. Sucumbieron al odio". Su voz se envolvía de emoción. "No puedo soportar este odio". Los motores de la nave cobraron vida mientras hablaba. En las pantallas, Variks pudo ver las explosiones, que resonaban a través de la prisión. Su antiguos prisioneros liberados. La nave cruzó la barrera del muelle y empezó a alejarse. "No hay otro lugar adonde ir. Ni nadie más quién ser aquí". Se alzó, en todo su tamaño. "Y así me convierto en Variks, el Kell. Enviado de la Casa del Juicio al pueblo elixni". "No hay elección". Repitió, riendo entre dientes. Su voz se calmó. "Los elixni deben alzarse... ¿sí?"