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Alguna clase de suerte

Variks se ocultó bajo una capa crepuscular mientras descendía a la guarida de la Araña. Portar el sello del Juicio en la Costa Enredada era como invitar a la muerte. Aun con el consentimiento de la Araña para ir, lo habrían despellejado y mutilado por partida doble. Los sonidos hedonistas del palacio de la Araña chirriaban contra él. Gritos de victoria y derrota recordaban a Variks lo peor de los elixni. La inherente necesidad de superioridad de su pueblo reducida a las apuestas por ganar gemas y baratijas. Variks buscó entre la multitud, agachado discretamente. Solo era un vándalo más. En la esquina, la inconfundible muchedumbre que rodeaba al Vanguardia de cazadores cuando se adentraba fuera de la Ciudad. Se fue abriendo paso por los espectadores para coger sitio junto a Cayde. El cazador notó su presencia, estaba seguro, pero no dijo nada. Variks, por su parte, guardó silencio. Se limitó a observar cómo perdía varios miles de lumen y una pistola contra uno de los guardaespaldas de la Araña. Cayde hizo girar un cuchillo en la mano derecha y suspiró dramáticamente. "Si vamos a hablar, tendrás que invitarme a una copa". Encontraron un sitio tranquilo al final de la sala. Cayde se acomodó en el reservado. A la espera. "Haces un gran servicio al Arrecife, ¿no?". Variks se esforzaba por bajar su reconocible voz. Sería un apuro que su sintetizador de voz fallara y sonara ahora a todo volumen por la sala. "Capturo barones. Criminales. Para los insomnes. Para Petra". Cayde dio un trago y dejó la copa sobre la mesa, vacía. Su mirada transmitía cierta sensación de dureza. Era increíble lo expresivos que podían ser los exos. "Ve al grano, Variks". "Fikrul. El último barón repudiado. Está vivo". El cuerno de Cayde trazó un arco en el aire mientras negaba con la cabeza, dos veces, definitivo. "Créeme. Está muerto. Le metí una bala aquí mismo". Tocó a Variks justo en el centro del pecho. "Visto en la Tierra. Lo sé a ciencia cierta. Tengo información. Sabes que los elixni tienen sus métodos. ¿Como Mithrax? ¿Como Taniks?". El alcaide se dio cuenta de su error en cuanto salió la palabra de su boca. "NUNCA menciones el nombre de Taniks ante mí, ¿te queda claro? A no ser que quieras perder tus dos últimos brazos de verdad. Hemos terminado. Fuera. Traes mala suerte". El cazador se puso de pie, listo para marcharse. Variks se acercó y agarró al Vanguardia del brazo con una de sus manos mecánicas. "Lo siento. He hablado mal. Por favor. Escucha". Cayde se sacudió el brazo y permaneció en pie, elevándose por una vez sobre el caído. Variks se irguió más en el reservado. "Llévame con Zavala". El nombre del Vanguardia de titanes era un fluido tartamudeo repetido en su boca. "Tengo información. Le gustará lo que le voy a decir. Y tú por llevarme hasta él". Cayde parpadeó. "¿Quieres que te lleve hasta la Ciudad? Ni hablar, bicho. Ni en un millón de…". Con un golpe sordo, Variks soltó sobre la mesa el cañón de mano que llevaba escondido en la capa: un montaje de gatillo y boca con tecnología etérica con un color marrón apagado y cerdas en la parte superior. Las cejas de Cayde se levantaron en sorpresa. "Un regalo de confianza. Un recuerdo del Arrecife. Mejorado. Muy letal". El Vanguardia de cazadores trató de ocultar su entusiasmo. "¿Es…? Esto… ¿Es el último? La última vez que vi uno de esos fue…" "Uno de los últimos. No quedan muchos". La voz de Variks era tranquila, sin alterarse. Cayde cogió el arma de la mesa. Comprobó la mira, la giró en la mano un momento, notando el peso. Gruñó, satisfecho. Asintió con la cabeza. "Como decía: mala suerte. Venga. Puedes venir conmigo".