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Astilla de hueso

En pleno corazón del Presidio de los Ancianos, Variks de la Casa del Juicio agarraba una astilla de hueso mientras veía arder el sistema solar. Con los años, las instalaciones se habían ido equipando con inmensas redes de sensores conectadas a matrices repartidas por todo el Arrecife. Le daban un análisis detallado de la furia de la Legión Roja. La luz de los monitores era la única iluminación de la sala mientras sus brazos volaban sobre los controles. Transmitía avisos a Petra y los insomnes. Ya podía ver al resto de la flota insomne desaparecer de los telescopios, esconderse. Transmitía avisos a la Ciudad, aunque podía ver que llegaba demasiado tarde. Sus comunicaciones se habían perdido. No quedaba nadie para escuchar. Transmitía avisos a su gente. Con el fin de las Casas, había muy pocos que escucharan. Pero si pudiera salvar aunque fuese unos cuantos… Mientras sus manos trabajaban, sus ojos permanecían fijos en las pantallas, observando la muerte, la destrucción y el horror. En su trabajo con los guardianes de la Ciudad, había escudriñado la señal de socorro del Éxodo Dantalion VI. La fuente GREENRAVEN había enviado ráfagas de análisis a la Torre al menos una docena de veces desde los días de la Guerra de los poseídos. Pero nunca habría esperado cifras de esta magnitud. Con los sistemas de la Última Ciudad desconectados, no tuvo problema en marcar sensores por la muralla. Había podido ver con claridad el hogar de la humanidad con una resolución capaz de distinguir parques, largos y mercados. Mientras trituraba el hueso con su puño mecánico, estos mismos sensores le permitían ver cómo moría la gente. Cómo era subyugada la gran máquina, cómo los guardianes… caían. Rápidamente, alertó a los cuervos… pero algo salió mal. La red había quedado a oscuras; todos y cada uno de los cuervos, desconectados. Es decir, todos menos uno. A través de una imagen confusa, vio una mano, una mano insomne, pero casi inmediatamente se sumió en interferencias. Quería que le importara. Quería sentir algo por ellos. Mas lo que dominaba sus pensamientos, lo que hacía emanar un ruidito repetitivo en lo más hondo de su sintetizador de voz, era el miedo creciente a que fracasara el plan de la reina. Se reclinó en la silla. Pensaba. El Presidio de los Ancianos orbitaba lo bastante lejos de los puestos avanzados de los insomnes y, por tanto, lo bastante lejos de la falange de los cabal, para salir ilesa de esta situación. No obstante, inició los procedimientos de bloqueo, preparado para lo peor. Un ping de comunicaciones. Confirmación: Petra Venj y las limitadas fuerzas a su mando evacuaron los asentamientos que pudieron y desaparecieron en los recovecos del Arrecife. Ella no podría enviar ayuda al Presidio. Primero la Casa del Juicio, luego la Casa de los Lobos. Después, Mara Sov. Ahora podía sentir cómo el resto de su adoptado pueblo se escurría entre sus dedos. Con uno de sus brazos mecánicos, convirtió en polvo la astilla de hueso.