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Menos es más

Variks vio a los corsarios de Petra llevar su último trofeo al bloque de celdas: una pandilla de escorias famélicos de éter que portaban la marca de los barones repudiados. Cerca, Petra tamborileaba los dedos en la empuñadura de su cuchillo; sus ojos chispeaban de envidia. Se aferraba a esta prisión como si fuera la última cosa que podía controlar. Quizá lo fuera. Entre los restos desperdigados de la Legión Roja y los barones repudiados que andaban desenfrenados por el Arrecife, a los insomnes les quedaba poca cosa que pudieran considerar como suya. Poco quedaba de los insomnes. Variks suspiró. Solo un verdadero kell entendía que la supervivencia no era una cuestión de esperar. Y Petra Venj, pese a todo su poderío militar, no era ningún kell. "En un mundo sin kells, la fuerza escoria no engendrará más que caos". Variks susurró para sí el viejo proverbio de la Lluvia, deseando el retorno de los días decisivos de su reina. De su kell. "¿Qué has dicho?", le preguntó Petra sin dirigirle la mirada. "Caos", repitió él. "Estos escorias engendran caos". Petra se mofó. "Son caídos. Y donde hay caídos, habrá inevitablemente guardianes". Se giró sobre el tobillo y emprendió la marcha. "Te dejo a tu Juicio, Variks. Localiza el agujero en el que se refugian estos barones repudiados". Se detuvo. Se volvió otra vez hacia él. "Tal vez deberías aumentar tus raciones. Se te ve un poco… demacrado". Sonrió, le dio una palmada en la espalda y continuó su camino. Él la miró mientras se marchaba. Si se lo hubiera permitido su anatomía, también le habría sonreído él. El corazón de Petra siempre estaba en el sitio correcto… aunque el resultado de sus decisiones no fuera el ideal. Sin embargo, Petra no comprendía del todo la amenaza que suponían estos barones "repudiados". Él había tratado de advertirla cuando eran solo siete escorias y un arconte hereje. Ahora su terror se propagaba por todo el Arrecife y cada vez más caídos respondían a la llamada anarquista de los barones. Eso sí, tenía razón en una cosa: tendría que comer más. Solo pensar en ello ya le daba sed de flujo. Como todos los de su especie desde la aparición de la Legión Roja, se había visto obligado a racionar su consumo. Nunca se había sentido tan débil, tan cerca de la muerte. Pero sobreviviría como siempre lo había hecho. Variks sabía que llegaría inevitablemente el momento en que tendría que sobrevivir por su cuenta.