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Tejido

Osiris contempla el universo. La atadura se riza entre sus dedos. Es una presencia agradable que muta de forma, pero no cambia. Una hélice, tejida en un nudo, como los que antes se consideraban obras de arte, una trenza. Siempre hay fibras: la estructura que crea fuerza a partir de la fragilidad. Es consciente del latido de su corazón como nunca antes lo había sido. Tiembla en su pecho; con dolor, pero determinado. Sabe dónde está la gente más cercana. Nuestro sujeto, a la vista, ronda a Osiris con ansiedad para evitar que resbale. Nimbus está algo más lejos, pero es visible. Seguramente esté vigilando la ciudad desde fuera. Y hay un pouka a su espalda, aunque no lo vea, que hace remolinos en la atadura como si pudiera nadar en ella y salir con la misma facilidad que con el agua y el aire. Sería tan fácil cerrar la mano y agarrar lo que toca, pero no lo hace. Piensa en ello y deja que sus dedos se curven levemente. Las cuerdas susurrantes del telar del mundo tiemblan a su alrededor. La existencia fluye. No se queda paralizada, como si fuera una instantánea. En estas conexiones siempre hay movimiento, y el tiempo barre todas las cosas, buenas o malas. No es de extrañar que la atadura se deshaga en cuanto se le da la oportunidad. Por lo que a ella respecta, si es que tiene algún tipo de conciencia, todo es parte del mismo río: un meandro momentáneo o un chapoteo. Osiris conoce la inmensidad del Bosque Infinito y del sistema solar, pero es solo aquí, con una espiral diminuta del tejido cósmico en la mano, donde se siente pequeño. Pero también sabe que no está solo. Cientos y cientos de hilos firmes se entrelazan y tiran de aquí y de allá, fluyendo y retorciéndose como parte del todo. Debería tomar apuntes, expandir la comprensión que tiene la Vanguardia sobre la Oscuridad y simplificar los pasos para que los guardianes que no conocen los poderes paracausales aprendan sobre la atadura. Por un momento, Osiris está en paz.