Registro de la atadura IV
Aunque soy consciente de cuál es la manera correcta de practicar con la atadura (con la mano suelta y dejando de lado la idea de que se puede controlar), algunas cosas todavía se me escapan. Como la voluntad de no aferrarse al control, por ejemplo.
Obviamente, es una estupidez pensar que solo por renunciar al control de la atadura, esto se vaya a extender a todas las áreas de mi vida. Ceder el control en una partida de ajedrez no equivale a lo mismo en filosofía. De todas formas, es cierto que las personas no existen como sistemas desconectados y separados, sino interconectados. Una faceta se une a la siguiente.
Pienso en el hilado. Hacía mucho tiempo que no tenía una fibra en las manos, pero hubo una época en la Edad Oscura en la que la gente tenía que tejer su ropa desde cero. Primero se esquila la lana y después se carda para quitar las imperfecciones y alisar las fibras. Y una vez listas, ¿qué? Una sola fibra es corta y frágil. Se rompe solo con un ligero tirón. No sirve para nada.
Pero si entrelazas muchas, se vuelven útiles. Se pueden tejer, o hacer punto con ellas, o lo que se te ocurra. Así se hace la tela más fuerte: de los materiales más delicados.
Pienso en el hilado y recuerdo la manera en que las fibras pasan por los dedos y el huso. Hay que sujetarlas, pero no demasiado, solo lo justo para dirigirlas y estrecharlas. Si se agarran demasiado fuerte, la fibra no pasa y no se puede hilar.
La metáfora es evidente. Se trata de la atadura, claro, y también de un oficio que conocía hace tiempo. Los errores de principiante se solventan aprendiendo de ellos, pero la mayoría de los ovillos no estropean la rueca si se comete algún error.
Y tengo miedo. No solo de la muerte y de malgastar el sacrificio que hizo Saguira para salvar mi vida, sino también de abrir la mano y ver que ya no me duele, que la espina que he imaginado durante tanto tiempo ya no esté.
Al final, todo es lo mismo. Creo que debo abrirme a dejar ir las cosas, a dejar que lo que es temporal se hunda bajo el agua, para poder desarrollar cualquier habilidad relevante con la atadura. Hasta el dolor se puede proteger con celo, como si fuera un tesoro, pero no tiene que ser así necesariamente.
Es fascinante lo que la lente de la atadura nos muestra sobre la Oscuridad.