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DCV.

DCV. Registrada por el escriba Shagac Tras la caída de las Sombras, el gran emperador Calus, Maestro de Celebraciones, Patrón de la Fiesta, estaba en la sala del trono de su gran nave. Una profunda melancolía surcaba la frente resplandeciente y maculada del Rey de Oro, y la belleza de su rostro se veía empañada por un ceño fruncido. Dominus Ghaul, el Espectro Primus, el Usurpador, vivía mientras las más poderosas de sus Sombras, sus Asesinos Escogidos, sus Campeones del Cénit, estaban muertos. Cuando uno de sus consejeros se acercó con la esperanza de consolarlo, el emperador levantó la mano y dijo, cariacontecido: "Les he fallado. Me eligieron para traer el fin del mundo y he puesto mi empeño en algo tan rastrero como una mezquina venganza. Mis enemigos merecían sufrir y caer por su traición, cierto, pero mis Sombras estaban destinadas a algo más grande que el violento final al que las he enviado. He dado al traste con ellos, al igual que con mi amado imperio". En ese momento, los consejeros se apresuraron a tranquilizarlo, abrumándolo con ofrendas de vino, comida o falsas palabras de consuelo, pero el emperador no se conmovió. ¿Y el resto de sus Sombras?, le preguntaron tímidamente. ¿Aquellos que no habían ido a combatir a Ghaul? Seguían vivos. "No, los he echado a perder a todos", susurró el emperador. "He estropeado toda la hornada".