DCCII.
DCCII.
Registrada por el escriba Shagac
Tan perplejo estaba el Emperador por el fracaso de sus Sombras que pasó muchas horas cavilando con sus consejeros sobre lo sucedido. Ellos trataron de apaciguarlo equivocadamente, temerosos de que bajo la superficie de su semblante calmo hubiese ira escondida.
Uno de tales días, el emperador se reunió con sus consejeros, Tlu'arg e Ilhali, quienes ridiculizaban con torpeza la tosca brutalidad de Ghaul con la esperanza de animarlo.
El emperador, generoso y compasivo, dijo:
"Ghaul ha logrado superar su propio pasado. Eso, al menos, es admirable. Ilhali, después de todo lo que he visto, ¿crees que me siento afligido por algo tan nimio como el fracaso? No, estoy cansado.
He barrido todo este universo en busca de alguien que realmente merezca sentarse a mi mesa. Una sola criatura que pueda comprender parcialmente la gravedad de mi misión, una criatura lo bastante valiente como para poner a prueba su poder y su mente conmigo, una criatura digna de cenar mi carne perfecta. Y no la he encontrado".
Mientras el emperador hablaba a sus serviles consejeros con su hermoso rostro suavizado por una calma sobrenatural, un mensajero entró corriendo en la sala y se dirigió él, se inclinó contrito y le pidió perdón. Arrastrándose por suelo, suplicante, el mensajero anunció que Dominus Ghaul había muerto en el sistema solar a manos de un miembro de la tribu de los guardianes.
En ese momento, vi brillar una luz renovada en los ojos del emperador y su rostro se iluminó como un sol.
"Encuentra a ese miembro de los guardianes", le dijo al mensajero. "Encuéntrame a esa persona tan excepcional. E iremos donde esté". Se volvió hacia Tlu'arg y le ordenó que pusiera rumbo al sistema solar. Luego ordenó a Ilhali que preparara sus otros autómatas, las creaciones robóticas hechas a imagen y semejanza del gran emperador que se construyeron para que Su Dichosa Majestad pudiera observarse a sí mismo en diversas situaciones excepcionales. El emperador no especificó por qué debían estar preparados los autómatas, pero había tanta alegría en su voz que los consejeros no pusieron reparo alguno.