Manzano
Eris Morn observó las altas espirales que tenía sobre ella. Se extendían en un vacío infinito; la biblioteca de su alma se enroscaba más allá de donde alcanzaba la vista. Todo lo que era, cada momento de su pasado y su presente, todo lo que aún podía desarrollarse en su interior.
"Mi trono", susurró. Cuando lo dijo, sintió un cosquilleo emocionante en su voz, un pequeño temblor mientras su cuerpo se tensaba y se relajaba. Aún le hacía ilusión estar aquí.
El Nómada se acercó a ella. Quiso agarrarla de la mano, pero dudó.
"¿Este lugar puede ser lo que quieras?", preguntó.
"Cualquier cosa", respondió con un suspiro de consuelo.
"¿Y qué es lo que quieres?".
Interesante pregunta. Se giró para mirarlo a los ojos.
"Alegría", dijo. "Alegría, por fin".
Por primera vez en siglos, la sola idea del futuro hizo sonreír a Eris.
"Exploraremos este lugar juntos. Haremos un mapa de mi interior. Descubriremos las maravillas que poseo".
Eris le puso la palma de la mano en el pecho y sintió el tartamudeo de su corazón. Él puso la mano encima de la suya y entrelazó los dedos.
"¿Eso es lo quieres? ¿A mí, aquí?".
"Sí".
Vio el placer en la curva de sus labios, le cegó la brillante luz de sus sentimientos al respirar. Su trono era todo lo que era y podía ser, y lo había invitado a él a contemplarlo.
"Entonces, te seguiré", le dijo, cálida y genuinamente. "Todo el tiempo que quieras".
"Pues sígueme".
Eris se giró e hizo un gesto con la mano mediante el cual creó unas escaleras que se enroscaban hacia arriba, hasta donde no alcanzaba la vista. Los peldaños de piedra estaban desgastados tras siglos de uso. Había imaginado algo en ruinas, y eso mismo había surgido de sus pensamientos.
Empezó a subir por las escaleras. No sabía adónde conducían. Él dio unos pocos pasos detrás de ella, y luego se detuvo.
"Luz de Luna", la llamó el Nómada. Eris se giró para mirarlo. Sus ojos estaban llenos de ilusión. "¿Puedo besarte?".
Un hombre hambriento, pensó ella, que al final había encontrado sustento. Y ella también había encontrado algo que había perdido mucho tiempo antes, algo que pensaba que era irrecuperable.
Se acercó a él.
En estos vastos paisajes de su mente, en los infinitos salones diseñados por ella, se declararon aquello que nunca se habían dicho uniendo sus labios. Y, cuando se separaron, ella extendió la mano, y él la tomó y dejó que lo guiara por las escaleras rumbo a un mundo que ambos desconocían.