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VI: Deporte sangriento

La congregación se ha marchado. Zulmak, empalado por una hoja menor, ha fallado. La congregación es imprudente. Zulmak gira. Clavada en su carne, la hoja se parte y deja a su portador desarmado, excepto por una empuñadura sin filo. Zulmak aplasta al agresor con un único y tremendo golpe, pero el daño ya está hecho. La horda sigue amontonándose, sepultándolo con su peso. Cortando. Rajando. Aquel que iba a ser campeón queda engullido por la masa. En el Foso, los combatientes cambian su foco de atención. Se miran unos a otros. Ya no hay ningún campeón, así que otro tendrá que aspirar a la victoria. La lógica de la espada lo exige. Bajo el montículo de hueso y zarpas que no dejan de retorcerse, los que embistieron a Zulmak apuñalan y atraviesan para matar a todos bajo sus pies. De repente, movimiento. Y un grito terrible. El montículo tiembla y late. Luego, un potente empujón. Varios cuerpos salen despedidos y surge una silueta furiosa. Zulmak, empalado una docena de veces, tal vez más —condecorado con hojas y empuñaduras—, ruge. Todas las miradas caen sobre él. Se desploma, respira con esfuerzo y se pone en pie. El montículo sigue retorciéndose. Zulmak asciende por la pendiente desigual, aplastando a los débiles a su paso. Al llegar a la cima huesuda de cuerpos vivos y muertos, el campeón herido lanza un desafío, un grito de batalla roto que surge de sus entrañas. Zulmak, el Empalado. Zulmak, el Invicto. Zulmak, el Destructor. La horda inicia la carga. Trepan para llegar hasta él, en lo alto de la montaña. Y, cuando lo alcanzan, se ofrecen, uno tras otro, a su abrazo devastador; se sacrifican al campeón, a la lógica. No son dignos. Pero quizá —¿quién sabe?— Zulmak sí lo sea.