I. Temperamento
Cuervo deja caer una cantimplora mojada a los pies de Eris Morn. "Agua".
"Has vuelto muy rápido". Eris se agacha, encorvada sobre un manojo de maderos de pino colocados sobre un tronco grueso y musgo cubierto de resina. Con el cuchillo golpea una piedra gastada y se enciende la llama.
"Es fácil encontrarte en la oscuridad". Cuervo evita la mirada furiosa que Eris le dedica de reojo y mira hacia el brillo inquietante del fragmento oscuro del Viajero. Un escalofrío le recorre las vértebras y baja la mirada hacia la madera que crepita.
Eris rompe el silencio. "¿Por qué te has ofrecido voluntario para la operación de separación? ¿Y para la mayoría de operaciones?".
"Para ayudar donde otros no pueden. Por lo mismo que tú".
Ella niega con la cabeza. "No", murmura.
Cuervo la observa avivar el fuego con destreza, mientras piensa en la respuesta que acaba de darle. Él mira la línea de árboles distante y cambia el tema. "Todavía quedan muchos enemigos de la colmena por aquí".
"Pero ya no hay pesadillas", señala Eris.
"¿Por eso me has traído? No me gusta volver a este lugar". Cuervo se aleja unos pasos de las llamas.
Eris no responde y él pregunta lo que quiere saber:
"¿Por qué he fracasado?".
"No has fracasado. Nuestra estrategia era deficiente". Eris se pone en pie, guarda la piedra y la cuchilla. Luego, se acerca a él y lo mira fijamente. "Volveremos a intentar la separación de nuevo, pronto".
"Bien", responde Cuervo compungido. Eris inclina la cabeza y él ver cómo se entrecierran los orbes verdes bajo su venda.
Ella señala el fragmento irregular que se estremece en la agitación del crepúsculo. "Incluso este pedazo tóxico, separado de la pureza del Viajero, se puede usar para hacer el bien".
El fuego ruge. Él se arrodilla para desviar la la mirada y se calienta las manos. "Yo sé lo que puede hacer. Lo usé…".
"Cuando la Guerra Roja dejó a los guardianes sin Luz, hubo algunos que la recuperaron aquí. Volvieron a forjar su vínculo con el Viajero a través de una cicatriz, de un trauma persistente", continúa ella.
Eris se sienta junto a Cuervo y bebe de su cantimplora. Cuervo espera que ella siga hablando, pero ella no dice nada. El manojo ardiente se derrumba y se convierte en un montón de cenizas. Las llamas se elevan entre los huecos y las cenizas se alejan flotando en el aire caliente.
"Voy a por más leña", dice Cuervo y se aleja del resplandor del fuego.
"Cuervo. Los fuegos pequeños como este me mantuvieron con vida en la Boca del Infierno. No tuve el lujo de ir por más leña". Eris agarra una barra de acero oxidada sacada del Lodazal y la arroja al fuego chisporroteante. Remueve los leños carbonizados, abre nuevos huecos y amontona los pedazos más grandes en una pila reluciente. Las llamas se avivan y el fuego crece. "En estas noches largas, debemos usar lo que podamos".
Sabe que él lo entiende, pero todavía no ha aceptado la lección.
Le entrega la barra, le muestra cómo mantener el calor del fuego, cómo aprovechar lo que queda. Cómo reconstruir desde las cenizas.
Los dos conversan y se turnan para mantener vivo el fuego toda la noche. La tibieza los calma, ambos relajan los hombros y Cuervo se quita la capucha.
Cuando el fuego finalmente muere, Eris le señala los rescoldos: "Ahora sí que puedes ir a por leña".
Cuervo sonríe y se levanta. "Eris, ¿alguna vez has intentado recuperar tu Luz?".
"No es bueno aferrarse al pasado".
Cuervo asiente y le extiende la mano. Ella lo mira inquisitivamente.
"Ven".
Eris se pone en pie junto a él. Le sujeta la mano e invoca un Arma Dorada que aparece entre las manos de ambos. Las llamas solares danzan entre los dedos de Eris. Cuervo le guía el brazo y alza el arma hacia el cielo. Él inhala sonoramente y aúlla antes de lanzar un disparo entre las nubes.
"Te toca, cazadora".
Eris aprieta el gatillo, lentamente, no está segura de que el arma se vaya a disparar. Un segundo rayo del arma solar perfora la atmósfera. Cuervo ríe. Descargan ronda tras ronda hacia el cielo, con aullidos le entregan a la noche la tensión acumulada hasta que, finalmente, Eris sonríe.