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II. Muerte y deserción

"¿Cuántos, Taurun?", pregunta Caiatl cansada. Hay una tensión palpable en el aire. Desde que la flota imperial había rodeado el Leviatán, tres fragatas habían desertado para unirse a Calus. Ahora, una cuarta había seguido esos mismos pasos. Caiatl había empezado esta campaña lena de ímpetu. Pero ahora solo sentía frío y cansancio. "Un total de 250 soldados, emperatriz", responde Taurun. "¡Debemos atacar!", brama Ca'aurg, golpeando la mesa con el puño. "¡Las sutilezas serán vistas como una señal de debilidad!". Los murmullos se extienden entre los consejeros de Caiatl. Solo Valus Forge permanece en silencio. "La inacción es un anatema", dice Tha'arec. "Nuestros guerreros anhelan la gloria de la batalla, no la pasividad de una barricada". "Aunque eso implique luchar por Calus", señala Ca'aurg, escupiendo el nombre como si fuera bilis. Caiatl siente una furia amarga hacia su padre. Él había marcado el inicio de una era de decadencia que había dejado a la milicia cabal desmotivada y complaciente. Ella se había propuesto ser un líder diferente. Pero su pueblo seguía a la deriva. Aunque, ahora, era entre las estrellas. Quizá sus detractores preferían el placer de una muerte segura a la agonía de una supervivencia incierta. O, tal vez, ella solo era la siguiente en llevar el imperio a la ruina. "El Leviatán ha vuelto sin previo aviso", afirma Caiatl. "No sabemos lo que nos acecha más allá de lo que vemos. Es posible que, pronto, haya más combate del que esperamos. Hasta entonces, mantendremos la posición". Ella habla en un tono que no admite réplicas. Sus consejeros abandonan la sala, tomando la sabia decisión de no pronunciar sus dudas. Saladino asiente, como si le dijera que él, y solo él, está de acuerdo con ella. Pero Caiatl se pregunta si está de acuerdo consigo misma.