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VII. Legado

Calus la ve tal como la recuerda. Joven y precoz, enérgica y ambiciosa. Una mente llena de sueños más grandes que los suyos. Su intensidad lo intimida. Ella imagina triunfos que él no se atreve a contemplar por miedo al fracaso. La pesadilla conoce su miedo. Sus ojos de adolescente buscan los suyos y le perforan el alma, dejando al descubierto su vergüenza. Lo ve por lo que es: un gobernante depuesto, sepultado en vida en un sarcófago dorado y abandonado para que se pudra en el exilio, remplazado por alguien más querido. "Siempre buscando la veneración de otros", dice con desprecio la pesadilla que lleva el rostro de su hija. "Incluso del Testigo". "Silencio", protesta Calus. Busca instintivamente su cáliz, pero hace ya tiempo que no lo tiene. "Te abandonará, como hicieron los cabal y el Espectro Primus". La pesadilla de Caiatl sonríe, dulce, escarlata y llena de odio. "Como lo hizo tu hija". "Silencio, he dicho", espeta Calus. La risotada de su hija es como un cuchillo en las costillas, como siempre. "Nadie escucha tus edictos. Nadie te obedece". Su voz llena el espacio y cala en cada grieta de su mente. "Ella es la emperatriz ahora. Tú no eres nada". "Yo la creé", vocifera. "Yo, Calus, el emperador más grandioso desde Acrius. Todo lo que fue antes de mí no era más que un preludio. Todo lo que siga será mi legado. ¡Yo soy el mismísimo sol!". "El sol moribundo de un mundo muerto. Un legado de cenizas, que pronto serán borradas por el viento que es Caiatl". "¡Ella nunca me superará!", ruge. "Ya lo ha hecho", canturrea la pesadilla. "Y pronto serás olvidado". El rostro marchito de Calus se contrae por la ira y la angustia. La pesadilla se equivoca, piensa, Caiatl nunca será una buena líder. Él se asegurará de que así sea. Aunque sea a costa de todo lo que existe.