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VI—La batalla interna

Devrim se cruzó con guardianes y funcionarios civiles de camino al despacho de Zavala en la Torre. El encanecido explorador respiró hondo. Se sintió incómodo por la mezcla de olor corporal, contaminación, especias y el agudo picor del éter en aerosol del ambiente, y de pronto cayó en la cuenta de lo mucho que añoraba el aire fresco de los bosques de Trostlandia. Llamó a la puerta del despacho y la abrió con indecisión. Zavala le indicó que entrara. El explorador se sentó junto al inmenso escritorio del comandante, inundado de ventanas minimizadas y recordatorios holográficos que parpadeaban. Devrim asumió que cada uno era un comunicado urgente que esperaba órdenes. "Gracias por venir a verme", dijo Zavala. "Sé lo ocupado que estás". Devrim arqueó las cejas. "Supongo que eso es relativo, comandante". Señaló la miríada de mensajes que aguardaban respuesta. Zavala hizo un gesto con la mano para atenuar el escritorio. "Eso es precisamente de lo que quería hablar contigo. Durante décadas, la Vanguardia ha ido creciendo, pero el liderazgo está cada vez más alejado de los civiles a los que intentamos proteger". "Me lo puedo imaginar", contestó Devrim con empatía. "Es como si la Torre se hiciera cada año más alta". "Así es". Zavala clavó sus ojos en Devrim con una mirada inescrutable. ¿Era cansancio? ¿Arrepentimiento? ¿Resentimiento? El momento pasó. "Necesitamos una perspectiva nueva en tierra firme", continuó el titán con seriedad. "Alguien que entienda tanto las misiones de la Vanguardia como las inquietudes de la población civil. Una especie de agregado diplomático que nos ayude a coordinarnos con los gobiernos locales. Me gustaría que esa persona fueras tú". "Ah", contestó Devrim. Se temía algo así. "A Marc le alegraría mucho. Ha estado hostigándome para que me deje de operaciones". "Pues quizá sea el momento". "Agradezco la oferta", contestó Devrim con tacto, "pero me temo que aún no ha llegado mi momento de deponer el fusil. Mis rodillas ya no son lo que eran, pero con la edad también se aclaran las ideas. Antes pensaba que trabajar como explorador me hacía huraño. Ahora sospecho que es al contrario". "Lo que me estás proponiendo es que me dedique a las relaciones públicas", continuó el explorador. "Y no conozco a nadie menos cualificado para ello que un servidor". "Lo comprendo, pero… las tareas de reconocimiento son peligrosas", objetó Zavala. "Cuanto más tiempo estés ahí fuera, más probabilidades habrá de que ocurra algo malo". "Eso es cierto", admitió Devrim. "Pero, pese a los peligros de Trostlandia, no hay ningún campo de batalla que me asuste más que este". Volvió a señalar los mensajes sin respuesta. "Creo que me la jugaré con la Legión de las Sombras, gracias". Zavala se recostó sobre la silla y frunció el ceño. "Me decepcionas". Dirigió su atención a los mensajes. "Pero… lo entiendo. No hay día que no eche de menos el campo de batalla; que no añore ver resultados en lugar de leer sobre ellos". El comandante se lamentó. "Acepto tu decisión, pero, si alguna vez Marc me pregunta por qué sigues combatiendo, no pienso mentirle", le advirtió. Devrim rio con nerviosismo. "Esa es una misión completamente diferente".