I—Desde la distancia
Devrim Kay se asomó por la ventana rota de la iglesia de Trostlandia con la mirada fija en el cielo.
El Viajero y el Testigo estaban ahí arriba, en algún sitio, junto con la mayoría de la Vanguardia y todos los pilotos que quedaban en la Última Ciudad. A través del comunicador solo se escuchaban interferencias. Devrim sabía perfectamente que estaban luchando a vida o muerte.
El combate orbital apenas era visible a plena luz del día, salvo por los fogonazos sueltos de las armas y el brillo ocasional de una explosión. Desde tierra firme, el conflicto parecía hermoso y silencioso; las muertes de sus amigos centelleaban suavemente, como luces de estrellas que murieron hace mucho tiempo.
Devrim intentó quitarse el pensamiento de la cabeza, pero le resultó imposible.
En el cielo atisbó una distante aureola de fuego, y la exosfera se iluminó con una nube de escombros reflectantes. Devrim era incapaz de discernir si se trataba de restos de las pirámides o del Viajero.
El fusil de detención restalló contra el muro de piedra de la vieja iglesia y, con ocho precisos disparos, terminó con toda amenaza.
Devrim se apoyó en el marco de la ventana y sacó unos prismáticos de su chaleco para ver mejor un pequeño punto lejano que cintilaba mientras caía sobre la Tierra.
El explorador contuvo la respiración mientras los restos se acercaban y pudo distinguir en la distancia un extraño trozo de fuselaje cortado con gran precisión que lucía los colores distintivos de la Vanguardia.
Devrim sintió que se le dormían las manos.
"Socorro", dijo en el canal de comunicaciones de la ZME; sin saber bien cómo, logró sonar calmado. "Nuestros pájaros están cayendo".
Abajo, a lo lejos, sus prismáticos se estrellaron contra los adoquines de Trostlandia.