Auspicios
El Nómada caminaba a escondidas por el ateneo de Eris, toqueteando sus chismes ocultistas. Muchos de los objetos que no lograba identificar estaban cubiertos de algún tipo de capa: cera, sebo, aceite o sangre. Sacudió la cabeza de forma cariñosa, sorprendido de que una persona tan inteligente pudiera ser también tan descuidada.
Cuando vio la Baraja de los Susurros desplegada anárquicamente sobre el atril de Eris, fue directo hacia ella y rehízo el taco. Había tenido tanta suerte y había vivido tantos infortunios a lo largo de sus muchas vidas que dudaba que una adivinación más pudiera inclinar la balanza a uno u otro lado. El Nómada cortó la baraja sin miedo y giró la carta que quedó encima con un ademán.
EL PRESAGIO
Mientras contemplaba el naipe, era incapaz de quitarse de la cabeza la magnitud del propósito de Eris. Durante un oscuro instante, se permitió cavilar sobre la posibilidad de que fracasara. "No te preocupes, Claro de Luna", musitó. "Tú puedes".
Volvió a dejar la carta sobre la baraja. "Y, cuando termines, te estaré esperando".
* * *
Zavala observaba la Baraja de los Susurros con cautela. Estaba visitando la base de operaciones de Eris cuando los naipes llamaron su atención. Parecían atraerlo con una insistencia muda.
El comandante nunca prestó demasiada atención a los augurios o predicciones. No es que no creyese en la idea de que las fuerzas cósmicas influyen en nuestro destino; hacía tiempo que los efectos trascendentales del Viajero en su propia vida habían sepultado su arrogante sentido de la autodeterminación. Más bien, desconfiaba de los acertijos que empleaban esos oráculos. Había oído demasiadas medias verdades de la Reina Bruja como para fiarse de otra cosa que no fueran pruebas empíricas. No obstante…
Zavala cogió la baraja y sintió su poder de inmediato. Pesaba más de lo que parecía por el material del que estaba hecha. Al sujetarla en la palma de su mano, una carta sobresalió en mitad de la baraja, como si una mano invisible la estuviera empujando. Zavala se quedó mirándola con solemnidad mientras caía boca arriba a sus pies:
EL LAMENTO
Rio con amargura para sus adentros. Tal vez no fuera tan difícil interpretar los oráculos.
* * *
"¿Kelikora?", gritó Mithrax en el ateneo. Había venido en busca de la Vanguardia de hechiceros por asuntos relacionados con la Ciudad, pero, al no encontrar a nadie, decidió hacer una pausa para indagar sobre la última operación de esta. Mithrax se oponía con vehemencia a que Eris empleara la magia de la colmena, pero sabía que no tenía ningún poder sobre la Vanguardia; no era su Casa.
Observó con detenimiento los artefactos esotéricos con cierta aversión. Le recordaban demasiado a las reliquias de Nezarec, que tanto sufrimiento le habían provocado en su juventud. Cuando reparó en la Baraja de los Susurros, sintió un entumecimiento que ya conocía por todo el pecho. Aunque la sensación se había vuelto más frecuente en los últimos meses, no se lo había dicho a nadie.
Mientras el kell cogía la baraja con la mano derecha superior, sintió cómo su guantelete simbionte palpitaba con energía. Era evidente que el poder de los naipes escapaba a su experiencia. Sacó una carta delicadamente con la mano izquierda inferior y la colocó boca arriba sobre la mesa.
ASCENSIÓN
Mithrax reflexionó seriamente sobre el augurio. Le recordaba todas las adversidades que había sufrido su Casa al llegar a la Última Ciudad. Su ascensión había sido violenta y triste; abundaban los detractores. No obstante, la paz y la seguridad que hallaron entre los humanos habían justificado los riesgos. Ahora era Eris la que caminaba hacia el santuario de su enemiga mortal para salvar a su pueblo.
Mithrax sacudió la cabeza como si se estuviera regañando a sí mismo. Tal vez había sido demasiado inflexible en sus opiniones sobre la misión de Eris Morn. Le debía el mismo indulto que la Vanguardia le había ofrecido a él.
Volvió a colocar el naipe en la mitad de la baraja y, una vez más, sintió que el entumecimiento desaparecía de su pecho.