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A las puertas | Parte II

Fluido radiolario salpica sobre la arena. "Lo tengo", transmite Jolyon con voz entrecortada, "pero estoy seguro de que también me tienen a mí". La confirmación llega en forma de una lluvia de proyectiles de mortero cabal, municiones inteligentes que acuden al sonido del disparo del fusil. Normalmente, los cabal no las desperdician contra los vex. Algún centurión debe de tener mucho interés en usar sus juguetes con un objetivo que no se puede teletransportar. Uldren respira aliviado cuando Jolyon acciona su interruptor de transmisión para indicar que está bien. Uldren se levanta jadeante. Alcanza a ver la puerta del Jardín. Todo el mundo sabe dónde está, lo difícil es entrar… El aire se enturbia. Una agitada nube de vacío inestable le tapa la vista, y luego, en un estallido de descarga, un minotauro vex cobra existencia a toda carrera. Uldren suelta una obscenidad, lanza una granada de interferencias y huye. "Debe de haber una forma mejor de hacer esto", jadea. "¿Alguna idea?". "Solo la que no te gusta. Atravesar la puerta con una nave que llegue a Mach 20". "¡Pero no está activa! ¡Aunque lográramos sortear las armas cabal, tendremos que engañar a los vex para que la abran!". "Eso significa matar a un celador solo con nuestras armas personales…". "No, para nada", resuella Uldren. "Tengo una idea estupenda". Uldren vive para esto. Pasar junto a la muerte rozándola, tocar sus bigotes, alejarse de un salto de esas fauces dentudas. "Corta el contacto. Ahora necesitamos sigilo. Luego necesitamos dar con unos blancos desafortunados…".