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De caza

Rastrean al último soldado cabal desde el lugar de la matanza, por los campos de flores, siguiendo el goteo del aceite oscuro que escapa del torniquete de presión del legionario herido. Uldren se mueve con rabia fría y brutal. Guerra aquí, en el Jardín. Guerra mezquina, despreciable, traída a este lugar por una torpe expedición cabal. Se merecían lo que obtuvieron. El Jardín sabe cuidarse él solito, ¿verdad? Hay que dejar que evolucionen sus frutos secretos… El terreno desciende. Las flores rojas dejan paso a hierba baja y entrelazada. El viento susurra… palabras suaves, frases con una sintaxis casi primitiva, una cadencia casi musical. "Intrusión cerebral", susurra Jolyon, temeroso de infectarse de una idea contagiosa. "Deberíamos…". Pero su voz se va apagando mientras Uldren avanza, desciende por un valle bajo, se cuela fácilmente entre los matorrales enmarañados. Vex. Hay vex, decenas de goblins y minotauros, quietos como estatuas y cubiertos de musgo, en un círculo como si fuera una especie de Stonehenge robótico. Cantan con notas débiles y espectrales de claridad inhumana. Uldren sabe lo que debe de ser este sitio. El legionario cabal se acurruca detrás de una piedra. Uldren avanza sigilosamente. Para cuando ese ser jadeante y herido se da cuenta de su presencia, ya tiene un cuchillo apretado contra su casco, justo encima de la hendidura de los labios y los tejidos blandos de abajo. "No te muevas", le dice en ulurant. "No hables. Este cuchillo tiene afilado atómico". "Se nota", gruñe el legionario en su lengua materna. "Lo tengo delante de los ojos. Prácticamente me está afeitando". "¿Sabes dónde estás?". "En el peor sitio al que puede ir alguien". "Eso lo dices porque no puedes oler el aire", dice Uldren. "Es dulce. Como polen y trueno. ¿Por qué has venido aquí?". "No por elección propia, señor. Los robots de savia nos secuestraron". Los susurros han adoptado un cierto aire de la gramática ulurant, confirmando las sospechas de Uldren. En este lugar distintos patrones abstractos luchan por la supervivencia, combaten por propagarse a costa de los demás. Los vex están cantando para ver cómo el Jardín cambia su canción, e incluso esta conversación ha fertilizado el aire. "¿Por qué están aquí? ¿Qué es lo que quieren?". "Vienen a rezar, señor. Ellos mismos se convierten en recipientes. Son lo peor que se haya visto nunca, señor. Odian la existencia". "¿Cómo sabes eso?". "Oh, por las semillas, señor", dice el legionario. "¿Las ves?". Y sin vacilar ni pensárselo dos veces, aprieta el bloqueo de emergencia médica de su casco. El sello de presión se rompe y un aro de gel negro se pulveriza con un siseo. El legionario se inclina hacia delante. El casco se le cae sobre su amplio regazo. Bajo la capa de gel, toda la superficie de su cráneo tiene una textura picada como de una fresa. Miles de semillas diminutas relucen en la carne del cabal. Uldren frota la piel fascinado. "Uldren", transmite Jolyon, "no me gusta nada la expresión de tu cara". "Este lugar tiene secretos", contesta el príncipe en un murmullo. El micrófono de hueso se nota frío e inorgánico, mal adaptado a su carne, en comparación con las cálidas y apretadas muescas del cráneo deformado del legionario. "Tantos secretos… que crecieron en él, Jolyon. El Jardín cultivó sus secretos en él". "¿A quién le importa?", zanja Jolyon. "Alteza, tenemos que salir de aquí. ¡Antes de que nos pase a nosotros lo mismo que a ellos!". Le dan miedo los secretos, entiende Uldren. Lo desconocido lo aterra. Lo cual es muy sensato. Muy racional. La actitud de un buen explorador, un buen soldado, un superviviente. Pero Uldren no puede dejar de imaginarse lo pasmada que se quedaría Mara en este lugar. ¿Y si pudiera traerla aquí? ¿Y si pudieran explorar juntos este lugar?