Semillas y esquejes
1.
El día que se sube a bordo de la Yang Liwei, la nombran Nasya Sarwar. En su petate lleva una carta sin abrir de su hermano, las cenizas de su madre, una selección de semillas y esquejes de las plantas y árboles que más le gustan de su barrio, y unas treinta mil canciones y vídeos breves contenidos en un aumento mioeléctrico de segunda mano.
En el manifiesto de la nave, Nasya Sarwar pertenece a uno de los numerosos escoparos desclasados: basureros, recicladores y cuidadores que se encargan de limpiar incansablemente las muchas superficies y gentes de la Yang Liwei que no se asean o no son capaces de hacerlo por sí mismas. Ella espera demostrar a base de perseverancia y esfuerzo que se merece uno de los criogenizadores civiles que quedan en la nave o (mejor todavía) un ascenso a una posición de auturga en la que poder dedicar sus horas libres matutinas a cuidar con esmero las instalaciones hidropónicas del lugar.
Nasya habla cuatro idiomas. Muchos de sus compañeros escoparos son monolingües de nacimiento que tuvieron un golpe de suerte en la lotería del éxodo internacional, igual que ella. Cuando descubren que puede hablar con algunos de ellos, hacen todo lo posible por ganarse su amistad: comparten su comida, le muestran fotos de los seres queridos que dejaron atrás y le explican para qué sirven las complicadísimas máquinas de la nave. A cambio, ella hace cuanto está en su mano para enseñarles otros idiomas. De esta forma, se sienten menos solos.
Tiene veintisiete años.
2.
El día que se despierta en el Distributario, decide llamarse Nasan Ar. Lleva un tarro de plata entre las manos. Una abolladura en la tapa le impide abrirlo. Desconoce de dónde proviene, pero siente un inexplicable dolor en el pecho cuando piensa en desprenderse de él.
Se prepara un asentamiento a los pies del árbol más grande que encuentra. Al principio, no es más que un cobertizo con una fogata, pero lo comparte de buena gana con todo el que pasa por delante. Sus visitantes la ayudan a transformar su cobertizo en una cabaña en condiciones provista de varias camas de invitados. A la cabaña se le suma otra y luego una tercera, hasta pasar a convertirse en una aldea.
Nasan adora a sus invitados y amigos, y también a su pequeña comunidad destartalada… pero nunca entró en sus planes ser madre o alcaldesa. Todas las noches, cuando se congregan para cenar, siente la fuerte presión de una ansiedad claustrofóbica. Esas personas a las que tanto ama la tienen encadenada y no es capaz de explicarse su propio desasosiego. Siente que es un monstruo. ¿Por qué no le gusta esto? ¿Por qué no quiere quedarse?
Una noche despejada, en medio del intenso y dulce aroma de las flores primaverales y las lluvias recientes, Nasan coge su tarro de plata y se adentra en la húmeda oscuridad.
3.
Vaga. Cambia de vida como el que cambia de moda: durante unas semanas, es una corsaria. Durante el verano, pasa a trabajar en el campo. Cuando se cansa de todo eso, lleva las cuentas de un mercader de átomos que comercia con materiales radioactivos. Nada la retiene. Al ver su tarro de plata, un hombre sugiere que puede ser una cazatesoros. La idea la guía hasta las profundidades subterráneas de una cueva en la que no halla tesoro alguno, sino gusanos bioluminiscentes y a una paladín que se hace llamar Sjur Eido.
"Si buscas trabajo", le dice Sjur, "puedo hablar con mi jefa".
4.
Nasan descubre su vocación el día que la Diasirmo la nombra intérprete. Esto la confunde, pues la Lengua es la Lengua. Con el tiempo se han ido creando variaciones, pero sus diferencias no impiden que dos insomnes de extremos opuestos del mundo puedan comunicarse entre sí. "¿Qué quieres decir?", pregunta Nasan.
"Bueno", dice la Diasirmo, "llevo observándote desde que llegaste. Cuando la gente discute, recurre a ti, y tú tratas de ponerte en el lugar de cada bando antes de disponerte a ayudar. Cuando hablas, lo haces con destreza, sin desdén". Observa a Nasan. "Considero que honras a las personas cuando las ayudas a explicarse".
Un ligero atisbo de orgullo se enciende en la garganta de Nasan. "No es más que meditación", asevera mirando hacia otro lado.
"No te subestimes. Cualquiera puede interrumpir una pelea, pero pocos son capaces de comprender el trasfondo de un pensamiento, reformularlo y hacer que los oídos sordos lo oigan. Un don así puede acabar guerras". La Diasirmo se muestra seria al pensarlo. "De momento, tendremos que reservarnos esa capacidad tuya. Los sanguíneos no tardarían en rebanarte la lengua".
5.
La Guerra de la Teodicea es una realidad hasta que deja de serlo. Las muertes cesan, pero las heridas perduran. Nasan ayuda a que los insomnes sanen. Sus amigos la instan a que hable en público para ayudar a mucha más gente, pero Nasan considera que los cambios más eficaces se dan en grupos de menos de diez personas.