Fanático | Parte II
Un simple susurro, un simple roce de consuelo, un simple temblor: … Uldren, mi salvador…
Sigue esa voz. La violencia de los propulsores le magulla el cuerpo. Desciende desde la corbeta tambaleante hasta el asteroide atado de abajo, donde sirvientes destrozados y restos de aguijones son testigos de una batalla perdida: guardianes cazando por sorpresa a un grupo de caídos.
Los quimiorreceptores de su traje detectan un rastro de éter. Lo sigue al interior.
Y ahí está. Un arconte caído, encogido en el polvo. El éter sisea por las heridas de entrada y salida cauterizadas por brutales llamas solares: la marca del Arma dorada. Uldren resopla de disgusto mientras rastrea las huellas de los guardianes en el polvo. Deben de haber salido corriendo juntos precipitadamente, sin duda para saquear otro sitio donde los esquifes llevaran sus equipos de minería.
Evalúa las heridas del arconte. Son mortales. La víctima se está sacudiendo; tiembla en manos de Uldren. Está tan desesperado por hacer algo, lo que sea, con tal de aliviar el fin del pobre soldado. Tener el poder que algunos dicen que tenía su hermana, de salvar solo por la proximidad…
¿Eso desea? ¿Desea salvar a este pobre desgraciado?
¡Sí!
Sus ojos arden con lágrimas de simpatía mientras se esfuerza por vendar las heridas del arconte. Sus manos son rápidas y amables, y llora con la fuerza de su odio por los guardianes que hicieron esto. A medida que las lágrimas manchan las heridas del arconte, el éter que se agita por los dedos de Uldren se va volviendo lentamente más pesado, más oscuro, más nocivo. No se da cuenta.
Al fin, se echa hacia atrás para frotarse los nudillos por los ojos; doloridos, siempre están tan doloridos. Bajo el casco sin marcar, cuatro ojos muertos se abren asombrados. El arconte gruñe una palabra, el último fragmento de una alucinación moribunda, llamando a quien quería que lo recibiera en el más allá: "¿Papá?".