Reyes
Cuando al fin lo arrastran ante el kell, ya ha sido transformado por semanas de maltrato, palizas, carreras forzadas y condiciones propias de un establo, hasta ser un hombre feliz.
El poderoso kell de los reyes le dice, de forma clara pero no concisa, lo que piensa de él. Príncipe Uldren de una casa arruinada, menor de dos hermanos, vencido por Skolas, cegado por Variks menos-que-escoria, desperdiciador de flotas, último de la nobleza insomne, último de su clase.
Cuando Uldren alza hacia él la mirada, ni siquiera necesita decir la verdad. El kell de los reyes ha nombrado a Uldren, y al hacerlo, se ha nombrado a sí mismo. El gobernante roto de una casa rota. El último kell.
"Puedes hacer lo que yo no puedo", le dice el kell a Uldren. "Estás roto y vapuleado. No tienes orgullo, así que no perderás nada cuando dé la orden que se debe dar. Es el ocaso de los caídos, y debemos dejar los estandartes".
Y bajo los gruñidos y rugidos de protesta de su corte, el kell de los reyes se arrodilla ante Uldren. "Me inclino ante ti", dice, "pues en tu caída y desgracia soportas la debilidad que nosotros no podemos. Dirás a los elixni que rompan sus estandartes. Les dirás que todos debemos rendirnos los unos a los otros. Debemos abandonar nuestras rivalidades, o no sobreviviremos. ¿Harás esto por un pueblo moribundo, príncipe de otros?".
Lo hará. Obtendrá soldados, y naves, y recursos para empezar la búsqueda. Los encontró, él mismo, arriesgándolo todo y sobreviviendo. Como hace siempre.
La siente en su corazón. Ella sigue estando ahí fuera. Necesita a Uldren más que nunca. En el foso del sufrimiento de Uldren, la voz de ella le llegó claramente, como aquella vez que se le apareció mientras lo machacaban en una pelea a gravedad cero. Está ahí fuera esperándolo, y todo irá bien. Ahí estará él para recibirla. Todo irá bien.