La bruja
Y en estas llegó el Viajero, y con él una extraña esperanza... ¡pues la Luz del Viajero tenía el poder de crear efectos sin causa! ¡Si los Nueve poseyeran la Luz, podrían propagar sus propias mentes y liberarse de la esclavitud de la vida material! Podrían superar las fuerzas de la gravedad y crear sus propias estructuras, y de ese modo convertirse en algo más que espectros de polvo oscuro. Podrían adentrarse en el vertiginoso supermundo alienígena de nuestra realidad química.
Así que recurrieron a esta nueva esperanza... y se dividieron.
"Ven a mí", llama una voz a Lavinia, aunque no hay ningún lugar adonde ir, nada que ser. Ni siquiera un vacío, sino la ausencia de toda cosa susceptible de estar vacía o llena. Lavinia percibe sin emoción alguna que ahora existe como una estructura de polvo oscuro, una tormenta de arena que sopla contra sí misma.
"Ven", dice la voz. "Soy Nasya. No estás a salvo. Ven conmigo".
¿A salvo?
No. Por supuesto que no está a salvo. Los Nueve están divididos en facciones: una envió a Xûr y a Orin para estudiar a los guardianes y la Luz, para buscar el secreto del efecto sin causa y proteger su origen; el último origen, ahora que los Ahamkara han desaparecido. Esos cinco jugaron a la alquimia con los portales de Cocytus, transformando el polvo oscuro en energía y después en materia, pero no pudieron descubrir los secretos de nuestra existencia demente. Necesitaban embajadores. Mediadores.
La otra facción sigue un camino diferente. Un camino de pliegues y agujas que se deslizan sobre el mismísimo espacio-tiempo, inyecciones existenciales que generan nuevos espacios para que los Nueve los remodelen a su antojo. Intentaron reunir suficiente polvo oscuro en un lugar para crear un agujero negro, pero tuvieron dificultades: cuando la masa oscura colapsa por el influjo de la gravedad, el polvo pasa a través de sí mismo y se dispersa.
No obstante, difícil no significa imposible. Y en el universo hay muchísima más materia oscura que visible. Hallarán el modo de crear nuevos mundos a partir de ella. Pondrán fin a su dependencia de la vida y de la Luz de los guardianes, que el velo caído apagará pronto para siempre...
De pasada, Lavinia ve la historia completa de las interacciones de la reina con los Nueve, mucho más compleja y vital de lo que nadie sospechaba. Ve cómo uno de los Nueve cegaba a los guardianes para que no advirtieran la llegada de Ghaul y lo ponía todo en peligro (pues Ghaul habría destruido el Sol y a los Nueve con él) para aprender a robar la Luz. Y también ve el castigo que recibe por ello.
"¡Ven!", la llama Nasya con urgencia. "¡Ven conmigo! Ven rápido, antes de que...".
Algo oscuro e hipodérmico perfora el vacío bajo sus pies y la succiona a través de una probóscide tan minúscula que la desintegra formando un hilo de partículas individuales. Ha sido aniquilada...
... y ha renacido en otro lugar, en otro momento, como un ser de carne y hueso que tiembla y transpira aterrorizado, lloriqueando como un bebé. Su mejilla descansa contra un cálido suelo de madera. Hay una chimenea encendida y fuera sopla un vendaval que succiona las llamas.
La anciana de aspecto erudito que está sentada frente al escritorio levanta la mirada. "Ah", exclama. "¡Lavinia! Lo has conseguido".
"¿Qu...?", Lavinia susurra. "Qué...".
Ella sonríe, como si la confusión de Lavinia fuera el saludo más amable que jamás hubiera oído. "No tengas miedo. Has venido al lugar indicado".
"¿Dónde...?".
"Un lugar donde te aprecian. Un lugar donde podemos sacarle partido a todo lo que has averiguado". La anciana sirve un poco de té en una taza de hueso. "¿Acaso no te dije al nacer que la buena suerte te sonreiría?".