Los Nueve
Yo soy.
Yo soy Yo soy Yo soy Yo soy Yo soy Yo soy Yo soy Yo soy Yo soy Yo soy Yo.
Al principio, esto es lo único que el bucle de polvo puede calcular. En el universo, lo más complicado es crear un bucle a partir del polvo, pues al igual que el viento o un río, el polvo está destinado a moverse en una sola dirección. Para que una mente funcione, el final de un pensamiento debe influir en el nacimiento del siguiente: así, como los ríos o el viento, los Nueve no podían crear mentes sin antes crear bucles.
Lavinia García Umr Tawil comprende a los Nueve.
Ya eran extremadamente antiguos cuando los primeros seres humanos se nombraron a sí mismos. Su carne era anterior a las estrellas: el oscuro viento del polvo que sopla a través de la galaxia, atrapado por la gravedad del Sol y sus planetas, atraído hacia sus núcleos y expulsado de nuevo...
Esos eran los Nueve.
Con el tiempo, se formaron bucles. Vastos arcos de polvo saliente convergieron de nuevo sobre sus fuentes para crear circuitos de tinieblas. La ampliación y la reducción de estos circuitos dieron forma a los primeros pensamientos de los Nueve. Como dioses primordiales nonatos, se comportaban con absoluta indiferencia. No existía ninguna otra fuerza, salvo la gravedad; ninguna otra estructura, salvo la distribución de la masa. Sus corazones residían en los núcleos de los mundos, pero sus flujos más lejanos se perdían en los confines de la galaxia.
Eran las fuentes de Aclis, la noche previa al caos.
Pero la vida surgió en los mundos del corazón de los Nueve, diminutos y complicados movimientos de ecosistemas, metabolismos y cálculos. Esa vida dejó sombras de masa en el viento de los Nueve y los hizo vibrar como las cuerdas de un arpa. A partir de estos temblores en la estructura, los Nueve aprendieron a propagar enormes olas resonantes, pensamientos más vastos que los mismos mundos.
Y así se produjo su despertar. Con el tiempo, comprendieron que eran tan frágiles como poderosos, pues si la vida que hacía posibles sus pensamientos se extinguía, ellos también desaparecerían.
Carecían de ojos que captaran la luz. Tampoco tenían oídos para oír. Aun sí, dirigieron su atención al extraño mundo de la materia y se esforzaron por aprender, pues sabían que debían proteger sus corazones o morir.
Lavinia, después de una revelación tan absoluta que la empujaría a la demencia si aún conservara una pizca de cordura, comprende dónde han estado siempre los Nueve. Están dentro de todos, de cada sistema, de cada ser vivo, de cada cosa que se mueve. Trillones y quintillones de finos tentáculos de materia oscura arremolinados en torno a nuestros cuerpos, empapándose de la complejidad de nuestras vidas y de nuestros pensamientos.
No somos más que siluetas contrahechas atravesadas por filamentos de patas de araña infinitamente largas.