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VII. Interpolación

"Te odio". Es lo primero que dice Mara al llegar a la prisión de cristal de Savathûn. Sus palabras carecen de furia, pero resuenan igualmente por la estancia cavernosa. "Quiero dejar una cosa bien clara: te odio y te deseo una existencia llena de miseria, dolor y sufrimiento". El cristal brilla y la risa suave de Savathûn atraviesa la mente de Mara. "Lo sé", murmura la Reina Bruja. "Podría lanzarte contra el sol", dice Mara con frialdad, "pero, a diferencia de ciertas criaturas, yo sí cumplo con mi palabra". "Pero somos la misma criatura, ¿no?", pregunta Savathûn. Mara no puede ver su sonrisa, pero le resulta fácil de imaginar. "No me parezco a ti en nada". "No, en absoluto". Savathûn suena serena y lánguida. Algunos podrían oír sinceridad en su tono, pero Mara lo ha usado demasiadas veces como para dejarse engañar. "Pensaba que eras una mujer poderosa y competente, condenada por una complicada relación familiar", dice Savathûn. "Una mujer que trama planes complejos que se extienden por el arco del tiempo. Ahora veo que me equivocaba". Mara clava los ojos en el cristal, aprieta los dientes y se da media vuelta para irse. Sin embargo, antes de dar un paso hacia la puerta, siente el roce sedoso de la conciencia de Savathûn contra la suya. "Pensaba que te creías tan inteligente que te dejabas cegar por tus ambiciones y tu genio", murmura Savathûn. "Pensaba que estabas tan segura de tus soluciones que no veías el peligro inherente a tus planes, pero estabas demasiado avergonzada como para admitir que habías perdido el rumbo". Mara contrae los músculos de la espalda y los hombros. A lo largo de los años, ha logrado que su cara actúe como una máscara, pero sobre el resto del cuerpo no tiene tanto control. Savathûn no se detiene. "Pensaba que tenías tanto miedo a la vulnerabilidad que preferirías fallar antes que…". "Basta". Mara acecha en la prisión de Savathûn con la precisión de una víbora furiosa. No levanta la voz, la baja. "Esto quizá te funcione con él", dice Mara; esa última palabra arde en sus labios, pues todavía le duele referirse a Cuervo con cualquier nombre, "pero mi armadura tiene menos agujeros". De sus manos empieza a emanar una fuente de energía y golpea las palmas contra el cristal. Un entramado de energía radiante recorre la prisión de Savathûn. Mara tiene la esperanza de que el latir desbocado de su corazón y el aleteo de sus fosas nasales parezcan resultado del esfuerzo y no de otro tipo de debilidad. Al terminar el conjuro, Mara retrocede. El resplandor de sus ojos vuelve a la normalidad. Ella titubea agotada, esperando el eco psíquico de la voz de Savathûn. Pero solo hay silencio. "Cállate", espeta Mara con una extraña combinación de alivio y desprecio. "Cállate".