Peenemünde, República Democrática Alemana, 1954
Tengo 29 años y me estoy congelando de frío mientras camino desde una playa humedecida por la lluvia hacia un bosque cerca de Peenemünde, una antigua plataforma de lanzamiento de cohetes V2.
Es de noche; a la compañía le gusta mandarme de noche. Los chicos me llaman Orlok porque la luz me hace daño en los ojos. Odio el turno de noche; es como caminar por una pesadilla. Pero es mi trabajo, y lo que tenemos que hacer para ganar.
Veo varios edificios de cemento empapados, y luego una pista de aterrizaje. Todo está lleno de fosos creados por explosiones de los V2 que sobrevolaban el mar del Norte hacia Inglaterra. Al sur, el horizonte brilla y, sobre él, se puede vislumbrar una ciudad.
Un camión entra en la base y se detiene. De él sale una persona que, después de encenderse un cigarrillo, entra cojeando en el único edificio que queda en pie. Deja la puerta abierta.
"¿Qué demonios…?", susurro. Saco la pistola.
Dentro, la lluvia repiquetea sobre el tejado oxidado. Oigo el tránsito del agua; hay partes enteras del edificio inundadas. Este lugar lleva años muerto. La gravedad me atrae hacia el interior.
"¿Amerikanisch, Britisch, oder Deutsch?", resuena una voz en alemán con un ligero acento.
"Amerikanisch," contesto. No guardo el arma.
"¿Hablamos en inglés?".
"Si así lo prefieres".
"Sí, está bien. Estoy practicando".
Sigo la voz hasta el centro de la estructura: una planta de producción o una especie de almacén enorme. Está a oscuras salvo por un único farol sobre una mesa solitaria. El hombre está sentado en el halo de luz, fumándose un cigarrillo. La lluvia se filtra por los agujeros del tejado y gotea sobre la maquinaria oxidada. Hay una silla vacía delante.
"De programa espacial tiene poco", le digo.
"No", contesta. "Por favor, toma asiento". Señala la mesa con un cigarrillo apagado entre los dedos. "¿Fumas?".
Me quedo de pie.
"¿Me vas a matar?", le pregunto.
"Eres tú el que va armado. ¿Me vas a matar?".
"No", respondo. "¿Dónde está el Dr. Heuer?".
"Muerto".
"¿Cómo?".
El hombre de ojos oscuros murmura, frustrado, una palabrota en ruso. "No está", dice lentamente. "Lo matamos. ¿Вы понимаете?".
"Él совсем. Я учусь", le digo. "¿Por qué?".
"Era un fascista", dice el soviético. "¿Para qué lo necesitábamos después de hacernos con sus cohetes? Lleva muerto desde el 45".
Me dejo caer sobre la silla.
"Siento estropearte los planes", dice con una amplia sonrisa. "Por cierto, ¿qué tal mi inglés?".
"Bien", le aseguro. "¿Qué tal mi ruso?".
"La pronunciación es buena".
"Dale las gracias a mi hermano", le digo.
"Puedes seguir practicando conmigo".
Las posibilidades de la propuesta me abruman. Veo otra vida, solitaria pero salvaje, en un mundo rojo mucho más antiguo que el mío; otra lengua, otras estrellas. Estoy solo, pero soy especial.
"No puedo", le miento.
"Как жаль," dice con un suspiro. "Bueno, vete ya".
"¿Por?".
A lo lejos, se oyen unos helicópteros que se aproximan entre la intensa lluvia.
El soviético se levanta y deja el cigarrillo sin encender en la mesa.
Echo a correr.