The Grimoire Archive
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Holanda, Países Bajos ocupados, 1944

Tengo 20 años y me acaban de derribar. No me puedo mover. El paracaídas se ha enredado en todas las superficies posibles del interior de la cabina. Tengo el brazo izquierdo atrapado, pero el derecho está libre y puedo girar la cabeza. Estoy inclinado hacia la derecha y un poco hacia abajo por cómo ha aterrizado el Lightning. Escucho un leve rugido. Olas en la distancia. Arena húmeda y oscura. Estoy en una playa de Holanda o quizás más al norte, pero definitivamente son los Países Bajos. Me han derribado. No puedo evitar reírme, y ahogo un quejido. Tengo varias costillas rotas. Me examino con la mano libre. Tengo una pistola, una lata con jeringuillas desechables, cuatro latas de raciones, un fajo de florines, un espejo para hacer señales y un manual de conversación de bolsillo. El español no me servirá de nada, y menos con el acento de Jalisco de mi padre. Ben me dijo que aprendiera holandés, pero yo le contesté que las holandesas que quería conocer hablaban francés y, de todas formas, no pensaba tocar tierra. Pero aquí estoy. Él se estará partiendo de risa en Hawái mientras yo me he quedado tirado en una playa sin saber holandés. Si nos volvemos a ver, me lo recordará toda la vida. Me duele la rodilla. Si veo a alguien, optaré por el francés y el inglés. El alemán… No sé. Conozco el alemán de Wisconsin; parecería un viajero en el tiempo. Alguien acudirá pronto. He sobrevolado varias ciudades de camino hacia aquí. Sí, alguien vendrá pronto… Me despierto. Es de noche y tengo náuseas. El agua se está colando en la cabina por la marea. No han llegado las olas, pero sus dedos amargos golpetean el lateral de mi avioneta derribada y se me escurren en las botas. Mierda, tengo que salir. Siento calambres en el brazo izquierdo; he pasado demasiado tiempo en esta posición tan incómoda. No quiero ahogarme dentro del avión. "¡Ayuda!", grito. "¡Help! ¡Aide-moi, aide-moi!". Alguien viene. Oigo pasos que me resultan familiares chapoteando en el agua. Me revuelvo dentro de la cabina para intentar liberar el brazo y sacar la pistola. Noto un hedor acre… ¿Se está quemando la avioneta? No, es carbón… Cuando despierto, siento que me tocan unas manos. Bajo la pálida luz del alba, veo el reflejo de unos cuchillos que cortan las correas que me constriñen. Tartamudeo que soy estadunidense en francés, y enseguida me hacen callar. "Estás a salvo", me dicen los hombres. "Somos amigos. No temas; estás bien".